-Muy bien, Rosa, escuchando las batallitas de mi padre, ya sabes que me
encanta oír todas sus peripecias y sus anécdotas.
-A mí algo me cuenta de vez en cuando, me habla de vuelos y aterrizajes un poco complicados, pero la verdad es que hacen una labor increíble.
-Tienes razón, Rosa, son como los ángeles, hacen el bien y tienen alas.
-Buena comparativa, cómo se nota que es usted maestro- sonrió la enfermera.
-Pero es así.
-Sí, cierto, bueno, les dejo solos, que querrán seguir hablando.
Rosa se fue de la habitación cerrando tras de sí la puerta, Leo miró el reloj, eran las once de la mañana, pero no le preocupaba, era lunes y no tenía clase.
-Padre, estoy muy orgulloso de ser tu hijo- dijo Leo emocionado.
-Tampoco es para tanto.
-¿Que no? Yo recuerdo que El Ejército fue galardonado en el setenta y cinco aniversario de la fundación, además lo recogió el Jefe de la Base Aérea de Cuatro Vientos, el Coronel Gregorio Fernández Arnedo.
-Vaya, hijo, qué memoria.
-Yo también me informo, de hecho estas cosas se las cuento a mis alumnos y les encanta, creo que es la parte de la historia que más les gusta, hay varios que quieren ser piloto.
-¡Qué sorpresa! Eso es que les motivas contándoles cosas.
-Puede ser, algún día les traeré aquí para que te conozcan; es más, he pensado que si no tienes inconveniente, les puedo traer la semana que viene para que le cuentes más cosas acerca de tus peripecias voladoras.
Frank se echó a reír, estaba orgulloso de su hijo y contento de que éste hablara de él en clase.
-Bien, que vengan, pero avísame el día que lo hagas para recibirles como se merecen, no me gustaría que me sorprendieran en bata.
-No te preocupes, te avisaré. Cuéntame más cosas, seguro que disfrutábais allá arriba entre las nubes viendo todo tan pequeño.
-Bueno, sí, pero también se pasa mal, aunque luego contamos con los mejores servicios para los peores momentos, como el de Enfermería del Cuartel General del Ejército del Aire, donde tenemos especialidades fundamentales del Cuerpo militar de Sanidad, nos hacen reconocimientos médicos, nos ponen vacunas como prevención y tenemos asistencia
primaria.
-¿Y si tienes algo más grave?
-Te trasladan a otros centros donde puedan atender cosas más urgentes, lo tienen todo previsto, además el personal sanitario tiene una formación continuada.
-Todo controlado, sí, señor.
-Recuerdo que mi compañero me contó, porque yo ya no pude asistir, que en el patio de Honor del Cuartel General del Ejército del Aire, pusieron la corbata de La Orden del Mérito Civil a la Bandera del Cuartel General, la puso la Ministra Carme Chacón, por la actuación militar que tuvieron cuando el Gobierno declaró por decreto el Estado de Alarma en el año
2.010, por estar al frente del control del espacio aéreo.
-Pero eso ya es muy reciente.
-Sí, es que luego han ido obteniendo más galardones y no es de extrañar, recuerdo que hace poco, por el año 2.013 si no recuerdo mal, los integrantes del Destacamento Marfil del Ejército del Aire entregaron doscientos cincuenta kilos de alimentos infantiles de primera necesidad y pañales al orfanato “La Pouponniere” de Dakar.
- Eso les honra, la verdad es que hacen muchas cosas.
-Bueno, hay cosas que son habituales de cada año, como ir a residencias de la tercera edad a ofrecer conciertos, normalmente es la unidad de Música de la Academia General del Aire quien lo organiza, a base de pasodobles, villancicos o lo que salga, los mayores se lo pasan muy bien.
-Padre, también estás en una residencia, quién sabe si algún día vienen aquí a bailar y cantar contigo.
-No me extrañaría, ya que lo han hechos en muchos sitios. El último concierto solidario que recuerdo es el que tuvo lugar en la Catedral Castrense, cantó el Coro Villa de Las Rozas, para apoyar a familias necesitadas, a personas discapacitadas e intérpretes afganos,
padrinazgo…, fue el día trece, hace apenas unos días, me lo contó Tomás, que me llamó.
-Anda, ¿sigue su hijo en el Ejército?
-Por supuesto, por eso siempre que viene a verme o me llama, me cuenta alguna anécdota.
-Recuerdo que hace años estuve con Tomás durmiendo en la Casa del Aviador.
-¿Qué es eso?
-Es el centro donde nos alojábamos, una especie de residencia militar, la crearon en el año 1.959, está aquí cerca entre la calle Martín de Los Heros y el paseo de Moret, creo que son ciento catorce las habitaciones que hay, había una cafetería para todo el personal y los mandos.

De pronto, alguien asomó la cabeza por la puerta, se trataba de un hombre de unos setenta y cinco años, de pelo blanco y una gran sonrisa que iluminaba su rostro.
-¿Se puede?- preguntó alguien desde el pasillo.
-Abre, es Tomás, mira que le tengo dicho que pase sin llamar.
Leo se acercó a la puerta y Tomás empujó agarrando el tirador de la misma con la mano.
-Hombre, Leo, si estás aquí, ¿no tienes clase?
-No, hoy no, los lunes me dejan que descanse-sonrió Leo.
-Menos mal, así te dejan respirar un poco, yo no aguantaría tantos niños juntos en una clase dando guerra.
-No creas, tengo suerte en eso, son más bien adolescentes y no me dan nada de guerra, al contrario, les gusta escuchar las historias que les cuento.
-Vaya, voy a tener que ir a tus clases.
-¿Vendrías?-preguntó Leo.
-Bueno, no lo decía en serio pero, ¿qué puedo contarles?
-Tus vivencias, cosas que recuerdes de tu vida en el Ejército, seguro que
los niños se quedan fascinados con tus historias.
-A los niños ya no les interesan esas cosas.
-¿Cómo que no? Sí, hombre, sí. Un día te vienes y pasas la mañana con
nosotros.
-Eso está hecho; bueno, Frank, ¿qué tal te cuidan aquí?
-Bueno, no es ninguna maravilla pero al menos tengo a mi hijo cerca, acércame el bastón, anda, voy a levantarme un rato, a ver si veo alguna muchacha por el pasillo.Tomás sonrió a Leo y le acercó el bastón para que se apoyara, Leo se puso al otro lado y Frank se agarró a su brazo.
Salieron los tres al pasillo, no había nadie, aún era pronto para las visitas, que antes de las doce no solían venir.
Sólo se veía al final del pasillo, asomado a la ventana, al señor Antonio, que no tenía visita hasta la tarde, que venía a verle su hija con sus nietos.
-Papá, ¿te apetece una partida de cartas?
-¿Los tres? Bien, ¿te apetece, Tomás?
-Vale, no tengo otra cosa que hacer.

Los tres se dirigieron a la sala de juegos, estaba al final del pasillo, junto a la ventana en la que se encontraba el señor Antonio, pasaron por su lado, le saludaron y Leo se quedó mirándole.
-Señor Antonio, ¿qué tal está hoy? ¿con ganas de una partidita?
-Sí, ¿por qué no?
El Señor Antonio se apuntaba enseguida a todo, le gustaba mucho hablar y se pasaba el día en el pasillo para hablar con quien pasara por allí.

Se dirigieron al ascensor y bajaron a la primera planta donde se encontraba la sala de juegos, allí tomaron asiento en una mesa rodeada con cuatro sillas y ubicada junto a una ventana que daba a un enorme patio al que solían salir a pasear cuando el tiempo se lo permitía.

Los cuatro hombres ocuparon sus asientos y comenzaron a jugar a las cartas, pasaron más de dos horas entretenidos hasta que llegó la hora de comer y tuvieron que acabar la última partida con el triunfo inminente del señor Antonio, al que apenas conseguían ganarle nunca.

Se dirigieron al comedor el Frank y el señor Antonio; Tomás y Leo se despidieron de ellos y se fueron del recinto, uno a pasear y aprovechar a comprar y el otro a casa a terminar de corregir unos exámenes que debía entregar al día siguiente.
Leo se dirigía a casa con la intención de comer algo, pero recordó que no tenía nada para cocinarse y se detuvo en un restaurante de la zona.

Después se fue a casa y se pasó la tarde corrigiendo exámenes hasta la hora de cenar. Al día siguiente, nada más llegar al colegio, se sentó en su mesa a
esperar a que sus alumnos entraran en clase. Éstos aparecieron hablando en voz alta, alguno saltando y otros mirando al suelo con pocas ganas de empezar el día.

-Buenos días, chicos, ¿con fuerzas para comenzar el día? Tengo vuestros
exámenes.
Los muchachos escucharon atentamente la nota que una por una iba diciendo junto a su respectivo nombre.

Cuando terminó comenzó a copiar un texto muy largo que ocupaba
toda la pizarra y los alumnos hicieron lo propio.