-Ayer visité a mi padre en la residencia, me dijo que podíamos ir a
visitarle, me gustaría que escuchárais de él, las historias y anécdotas del
Aire, todo lo que ha vivido en el Ejército, creo que os gustará.
-Ya, pero eso es de hombres-replicó María desde el fondo de la clase.
-No, María, estás muy equivocada, si no me equivoco Rosa García-Malea
fue la primera piloto de caza y combate del Ejército del Aire.
-Pero para ser eso ya sería muy mayor.
-No, para nada, tenía veintiséis años en aquel entonces, por 2.007, aunque por supuesto, ella como el resto de sus compañeros, se tuvo que preparar duro para llegar donde está.
-¿Y hay algún caso más?
-Muchos, María, muchos, como el caso de la primera mujer teniente coronel de las Fuerzas Armadas, Patricia Ortega.
-¿A que no sabes ya más nombres?- le retó María.
-Veamos, recuerdo a Silvia Sarabia, de 29 años, es jefa de seguridad del Grupo de Alerta y Control Papayo del Ejército del Aire y de la Escuadrilla de Personal.
-¿Escuadrilla? ¿eso es que tiene gente a su cargo?
-Claro, creo que tiene a veinticuatro personas.
-Vaya, sí que tiene. ¿Y cuándo vamos a ir a ver a tu padre a la residencia?
-Pues primero quiero hablar con un amigo suyo y organizarlo para que venga ese día, así os contarán más cosas. También necesito el consentimiento del director.
Los muchachos estaban muy interesados en saber todo acerca de las anécdotas que rodeaban el mundo de Frank y los aviones, les fascinaba saber que había tanto detrás de algo que se les escapaba ante sus ojos. Cuando terminaron las clases, Leo se fue a casa y llamó a Tomás, éste le cogió enseguida el teléfono y aceptó encantado la invitación de Leo de ir
a visitar a su padre en unos días. Después llamó al director del colegio a su casa, eran las siete de la tarde y sabía que le encontraría en casa, tenía dos niños y le gustaba hacer los deberes con ellos.
El director era un hombre de cuarenta y uno años, diez menos que Leo, al que le gustaba formar parte de la vida diaria de sus hijos, al igual que a su mujer; ésta también profesora en un colegio cercano. Marcos accedió enseguida a la idea que le propuso Leo de llevar a los
chicos a la residencia, pensó que sería bueno para ellos relacionarse con personas mayores y aprender de ellos. Sólo le pidió una cosa y era que les hiciera un examen a los muchachos de todo lo que hubieran escuchado esa mañana, ya que iban a pasar unas horas fuera.
Leo no tuvo inconveniente, le pareció bien y acordaron que la visita la realizarían el próximo lunes.
A la mañana siguiente, Leo les comunicó a sus alumnos la fecha de la visita a la residencia y éstos se alegraron, no les importó que luego él les tuviera que realizar un exámen porque era un tema que les gustaba mucho. Por la tarde se acercó a ver a Frank, éste estaba en el patio sentado en uno de los bancos que daba al camino de plantas que allí había con flores
de diversos colores. Frank estaba acompañado de una mujer, se llamaba Dulce y hacía
honor a su nombre, era una señora de unos ochenta años, tez muy blanca y pelo muy blanco, que cada tarde se sentaba en el mismo banco durante un par de horas antes de ir a cenar.
Cuando Frank no tenía visita, salía a hablar un rato con ella, hasta que alguna de las enfermeras, ó alguna visita les importunaba y dejaban de hablar.
-Hola, padre, ¿qué tal todo? Hoy he salido un rato antes, quería contarte
algo-dijo Leo.contar ya.
-Vaya, si viniste hace dos días, hijo, más vale que sea importante-gruñó Frank.
-No te quejes, padre, sólo estaré un rato-miró a Dulce-Buenas tardes, Dulce, qué guapa está hoy.
-¡Qué zalamero eres, Leo!-dijo Dulce levantándose del banco.
-Ya la has echado, Dulce, no te vayas, si enseguida se va.
-Luego te veo, Frank, atiende a tu hijo, no todos tenemos la suerte de que vengan a vernos tanto.
-Tienes razón, ¿qué quieres, Leo?
-He hablado con los chicos y están encantados con venir a verte, le pedí permiso a Marcos y no hay ningún problema y llamé a Tomás y vendrá también para contarles cosas, ¿qué te parece?
-¿Qué me parece? Que no pierdes el tiempo, hijo, muy bien, les atenderé encantado, espero que esos jovencitos no me dén guerra.
-Padre, ya son mayorcitos para darte guerra, ya te dije que tengo suerte con ellos.
-¿Cuándo vendrán a verme?
-El próximo lunes, así tendré tiempo para informarme y saber un poco lo que puedo contarles.
-Bueno, esa será mi labor, ¿no?
-Y la mía, recuerda que soy su profesor y querrán que yo también cuente cosas, si me quedo callado, quedaré muy mal ante ellos.
-Bien, vamos, quiero contárselo al señor Antonio, seguro que querrá estar presente cuando vengan los muchachos.
-Padre, todavía quedan cuatro días para que vengan.
-Ya, pero se lo quiero contar.
