Sabía que Rebeca no se encontraba bien, cierto es que le venía muy bien salir y despejarse, pero tanto tiempo no era muy normal, ya habían pasado más de tres horas desde que Iván la llamó a casa.
-Iván, quédate aquí, ve haciendo los deberes, le llevo esta bolsa a Rebeca y vuelvo.
-Pero mamá, si no te ha cogido el teléfono, no está en casa.
-Iván, haz los deberes, por favor, no tardaré.
Marta no quería hacerle ver que estaba muy preocupada por su nueva amiga, pero era evidente que sus nervios la delataban. Él no quería que se enfadara, se fue a su habitación y cerró la puerta, pero seguía pensando en Rebeca, en lo raro de que no cogiera el teléfono. Marta llegó ante la puerta de Rebeca, se quedó mirando un instante, llamó el timbre y nadie le abrió, esperó de nuevo, volvió a llamar e hizo lo mismo dos veces más. Al ver que su amiga no respondía, Marta sacó su llave del bolso y abrió la puerta, todo estaba en silencio y apenas se podía ver dada la hora que era. Se dirigió al salón buscando algo que le hiciera saber qué pasaba, fue a la habitación y no encontró nada, salvo que la cama estaba deshecha. Marta comenzó a preocuparse, se asomó a la cocina, había un plato y un vaso con un tenedor, todo sin lavar, dentro del fregadero, pensó que eso no era propio de su amiga, a pesar de lo poco que la conocía. Pensó en asomarse al baño, pero casi lo dio por visto, no imaginaba que pudiera estar allí, sino habría oído su voz, algún ruido… pero el silencio era absoluto. Estaba tan nerviosa, que decidió finalmente acercarse al baño, sólo por curiosidad, pensando que era absurdo que estuviera allí. Encontró la puerta cerrada y al intentar abrirla, vió que era casi imposible, una fuerza inquietante le impedía acceder al interior. Empujó, primero despacio, luego utilizando algo más de fuerza, la puerta que se resistía a abrirse. Cuando por fin la puerta la abrió, eso sí, empujando con las dos manos, comprobó que la puerta hacia tope y ya no se podía abrir más. Detrás de la puerta estaba la bañera, pero Marta sabía que entre medias había un espacio que aún faltaba por abrir. Asomó la cabeza y pudo comprobar que lo que obstaculizaba el paso al baño era el propio cuerpo de Rebeca tumbado en el suelo, encogido por el sitio reducido en el que se encontraba.

-¡Rebeca!¡Rebeca!¿estás bien?¡Por el amor de Dios!¿qué te ha pasado?
Marta temblaba de miedo, de impotencia, de sorpresa, nunca hubiera imaginado encontrarse a Rebeca así.
De pronto sonó el teléfono móvil de Marta y lo cogió apresuradamente, sin mirar tan siquiera quién le llamaba.
-Mamá, ¿estaba Rebeca en casa?- preguntó Iván preocupado.
-Oh, sí, tranquilo, hijo, está aquí, pero no puede ponerse, se está duchando.
-Bien, sólo quería saber que estaba bien.
-Sí, sí, todo bien, no te preocupes, enseguida voy, esperaré a que se duche.
Marta no quiso contarle lo sucedido a Iván para que éste no se asustara, ayudó a su amiga a levantarse, eso sí, con mucho esfuerzo. Tuvo que coger una silla de escritorio con ruedas, que Rebeca tenía en su habitación y la llevó para poder con su cuerpo y así llevarla hasta la cama. Cuando consiguió tumbarla y arroparla, hizo varios intentos de despertarla, pero le fue en vano. Sus ojos estaban hinchados de haber llorado y su cabello despeinado, estaba en pijama y por lo que Marta supuso, Rebeca debió pasar mala noche. Cayó de alguna forma al suelo, o puede que su intención fuera ducharse y resbaló, pero eso no lo sabría hasta que ella no despertara. Marta se sentó junto a la cama, en la silla en la que había traído hasta la cama a su amiga, ladeó la cabeza sobre el hombro y cerró los ojos. No pasaron más de cuatro minutos cuando Rebeca se despertó, movía la cabeza y se le notaba bastante aturdida.
-¿Marta, Marta, eres tú?- preguntó algo confusa.
-Sí, Rebeca, ¿qué tal estás? ¿qué ha pasado?
- No recuerdo muy bien, sé que iba a ducharme, todo comenzó a darme vueltas y caí, intenté levantarme pero no podía y ya no sé qué más pasó. ¿Quién me ha traído aquí?
-Te traje yo, pensé que estarías más cómoda que allí tumbada en el suelo, ¿acerté?-le dijo Marta provocando en Rebeca una leve sonrisa.
-Gracias, Marta, si no es por ti, aún seguiría allí.
-Rebeca, no estás bien, quiero que descanses, mañana antes de irme a trabajar me pasaré para dejarte comida, pero no quiero que te levantes para nada.
-Pero Marta, si necesito ir al baño tendré que levantarme.
-Bien, pues te llevas el móvil y si te vuelve a pasar me llamas, aunque creas que es una tontería, me llamas. Rebeca asintió y se dio media vuelta, estaba agotada de haber pasado horas en el suelo frío del baño. Marta tenía razón, Rebeca no estaba bien y ella no iba a hacerse la fuerte después de lo ocurrido.