-Perdona, Becky, ¿a qué jugábais cuando eras pequeña?
-Mis juegos de infancia fueron parte de lo que hoy en día añoro ver por la calle. Solía jugar a la comba, a veces al escondite y algún otro juego que rara vez se ve ya. Por la calle se podía ver pintada con tiza una silueta hecha con cuadrados y un gran círculo que simulaban lo que venía a ser el nombre del juego: la muñeca.
-Sí, pero eso eran juegos de niñas. ¿Y los niños?¿con qué se entretenían?
-Por las tardes, los niños salían a jugar con sus yoyós, algunos con peonzas de madera y otros se dedicaban a jugar con chapas de sus jugadores en campos que ellos mismos diseñaban y porterías hechas con pinzas y otros materiales-le contestó Rebeca.
-¿Tenías algún juguete preferido más que otro?-preguntó Iván.
-Por supuesto, aunque todos eran entretenidos. Uno de mis juguetes favoritos fue el hulahop, también lo era la casa de pin y pon, ó el scalextric, el cual compartía con mi hermano mayor para echar competiciones con los coches. La mejor hora del día eran las seis de la tarde, esa hora en la que yo permanecía ante el televisor que contaba tan solo con dos o tres canales y teníamos una programación de lo más variada. A esa hora, cómo no, empezaba mi programa favorito, Barrio Sésamo; ese programa que nos hacía permanecer inmóviles cantando las canciones de Espinete, el erizo ó de Don Pimpon, el búho. Y perdóname que especifique tanto pero creo que estas generaciones de ahora como la tuya no tuvieron la oportunidad de vivir aquello. Y por mucho que esté internet, no es lo mismo ver algún episodio localizado ahora que verlo en el momento que lo emitían. Hasta que no acababa Barrio Sésamo yo no salía a jugar, ni yo ni muchos. También recuerdo que a veces solía ir a una pequeña tienda de frutos secos donde también se cambiaban tebeos; yo lo hacía; por un duro o lo que es igual, cinco pesetas de entonces, podía cambiar uno de mis tebeos por otro nuevo para leer; también por una peseta compraba un chicle de fresa, por cinco pesetas podía llevarme una bolsa de gusanitos de bolitas que tanto me gustaban.
- ¿Qué leías?¿Había libros como los de ahora?¿Y ebook?¿podías bajarte películas de internet?- preguntó de nuevo Iván más expectante a medida que pasaba el tiempo.
-Jajaja-se rió Rebeca- No, no había ebook, ni internet, ni podías bajarte películas, pero sobrevivíamos y bastante bien. Mira, cuando yo estaba en el colegio, recuerdo que mi profesora nos mandó leer “El pirata Garrapata”, era un libro tan entretenido y divertido que antes de que ella nos mandara leer el siguiente capítulo ya los habíamos leído nosotros, no uno, sino dos o tres más, porque estábamos impacientes por saber qué otra hazaña le esperaba al gracioso pirata. En aquél entonces vivíamos los libros, palabra por palabra y nos metíamos en el papel del protagonista.
- Bueno, pero seguro que solo ese libro era divertido y el resto un rollo, ¿a que si?- le retó Iván.
Rebeca le sonreía, pensando en todo lo que aquél muchacho se había perdido y lo que le hubiera gustado que él hubiera conocido para darse cuenta de todas las ventajas que aquella época le ofreció.
-Veamos a ver si recuerdo, ¡ah, sí! Ya, ya me acuerdo, otro libro que me hizo reír fue el de un fraile que no hacía más que meter la pata “Fray Perico y su borrico”. Menudos líos organizaba en aquel convento él solito.
-¿Y si metía tanto la pata por qué no le echaron?- preguntaba Iván, interesado en saber más de aquel libro.
-Muy sencillo: porque si le hubieran echado, no habría libro y esos frailes no habrían tenido sentido. Fray Perico era el alma del convento. Metía la pata, sí, pero de qué manera, era tan ingenuo y tan bueno que siempre tenían que terminar perdonándolo, porque su intención era buena aunque el resultado era malo, jajaja.
-Has tenido que pasártelo muy bien leyéndolo por la cara que pones y lo que cuentas de él- le dijo el muchacho.
- ¿Que si me lo he pasado bien? Yo no me leía los libros, muchacho, yo me los comía con los ojos, eran tan sumamente motivadores y llenos de ingenio y humor que apetecía leerlos, nunca se aprendía nada malo de ellos; era de lo que se trataba en esa época.
-Vale, pero ¿a que no se te ocurren más libros igual de entretenidos que esos?
-Por supuesto que sí, podría estar aquí todo el día contándote los libros que llenaron mi infancia y mi adolescencia, ¿quieres uno más? La historia Interminable, un libro que más que de humor, era de ficción y a la vez de las vivencias de un niño más ó menos de tu edad, un libro con mucha imaginación. Y ahora ¿quieres más? Leíamos mucho de todos los géneros tales como teatro, en los que se encontraba “La Venganza de Don Mendo”, ó libros míticos como “La Eneida”, ó algunos de poesía como “Romancero gitano”.
-¡Para, para! ¿Es que no teníais fin?¿cuándo merendábais?- preguntó Iván asustado pensando que la vida era solo libros.
Rebeca reía a carcajadas, le hacía gracia la idea de ver a Iván sorprendido mirando en todas direcciones, perplejo por la situación incómoda de pensar que esa vida era un tanto extraña, pero aun así, quería saber más, le llamaba la atención.
-Antes el valor de la amistad estaba por encima de cualquier cosa.
Las calles se llenaban de niños, grupos de chicos y chicas que pasaban la tarde comiendo bolsas de patatas, pipas… sin otra intención que la de pasarlo bien en compañía de sus amistades. En aquellos tiempos, el primer amor era algo especial que nacía de un pequeño grupo de amigos, del colegio, del día a día… a través de cartas, escritos, gestos, miradas y detalles cuidados a través de los que surgía la chispa de lo imprevisible, de lo mágico… el primer amor era algo que valorábamos y cuidábamos mucho, nadie se separaba por muchas discusiones que hubiera, era distinto.
-Ya, pero eso sigue pasando en algunas personas- dijo Iván.
-Sí, pero no de la misma forma, ¿sabes cuál es la diferencia? Las raíces. Estábamos hechos de otra pasta, otros valores arraigados de nuestros pasados, de nuestros mayores… creíamos en lo que hacíamos y luchábamos por aquello que queríamos.
-Pero nosotros también hacemos eso- se quejó el joven.
-No de la misma forma, vosotros os habéis encontrado lo que ahora véis y habéis visto cómo vuestro alrededor se ha ido dañando.
-Ya, pero nosotros no tenemos la culpa, ya estaba así.
-Es cierto que no tenéis culpa pero no estaba así, se ha ido deteriorando en el tiempo, y el problema de todo lo que va pasando es el conformismo. No luchamos lo suficiente para mantener nuestras ideas, nuestros valores.
-Yo creo que sí luchamos, la gente busca su trabajo, para pagar su casa- dijo Iván.
-Tú lo has dicho “para pagar su casa”, amigo, eso es subsistir, no vivir, un claro ejemplo de que no se lucha, se sobrevive, ¿me entiendes ahora?
-Creo que sí- contestó Iván, con la seguridad que le caracterizaba.
-Te diré algo, muchacho. Antes no teníamos más riquezas, ni más poder, pero éramos felices viviendo humildemente, no necesitábamos más.
-Pero antes no había tanto paro, ni tanta pobreza, las cosas eran más fáciles supongo.
-No, tienes razón, tampoco había tanta corrupción; esos valores de los que te he hablado, permanecían intactos, los empresarios respetaban a sus trabajadores y con ellos, sus derechos. Las famosas regulaciones de empleo que hay ahora no existían porque si no había trabajo ó había que prescindir de algún trabajador, no había inconveniente para indemnizarle por lo que habían sido años de trabajo de esa persona, los empresarios eran más humanos.
-Entonces lo que pasaba antes era lo normal, lo que debería pasar ahora, pero… ¿por qué ahora es tan difícil, por qué no intentan solucionarlo para vivir mejor?
-Sinceramente, no creo que ahora las cosas sean más difíciles. Te insisto, son los valores los que se han perdido. Son las personas las que se complican a sí mismas. Si retrocedemos a mi infancia de nuevo, te diré que aprendimos a respetar con una disciplina necesaria para nuestra educación, algo que hoy en día no estaría de más- contó Rebeca.
-Ya, pero ¿eso no sería muy drástico, Rebeca? La gente no está acostumbrada.
-¿Drástico para qué ó para quién? Dime una cosa… ¿si a ti no te hubieran exigido estudiar crees que ahora tendrías conocimiento alguno de cualquier materia?- dijo Becky, intentando que entendiera ciertos valores de los que le hablaba.
-No, la verdad es que no, creo que ahora entiendo lo que me dices.
-Mira, antes se valoraba el esfuerzo y la dedicación.
También las buenas costumbres eran algo que perduró en el tiempo hasta que fueron desapareciendo.
-¿Buenas costumbres?¿como cuáles? no te entiendo- preguntó Iván.
-Sí, Iván, te pondré un ejemplo, sólo piensa cuántas personas recuerdas cruzarse con tus padres siendo pequeño y felicitaban las fiestas. Ahora dime ¿hay diferencia?
-¡Guau!, nunca lo había pensado, ahora nadie te felicita las fiestas ó bueno, algún despistado, que aún cree que alguien le devolverá el saludo, algo difícil hoy en día.
