-Pues no es la única, podría contarte miles de anécdotas en las que el presente dista mucho del pasado y éste no tiene nada que envidiar al anterior.
-Qué de cosas sabes, Rebeca!- dijo el muchacho perplejo.
-No, Iván, no es cuestión de saber, más bien de comparar lo que fue y lo que hay y añoro esos tiempos pasados.
-Ya, pero es lo que nos hemos encontrado, nosotros no hemos hecho esto, ya estaba así por nuestros pasados.
-Repito que no es vuestra culpa, pero sí vuestra responsabilidad al igual que la nuestra cambiar lo que hay por lo que será.
-Sí, pero ¿qué podemos hacer nosotros?
-Volvemos de nuevo a la conversación del principio: raíces. De eso se trata, de conservar nuestras raíces, de creer en nuestros principios y luchar por conseguir nuestros objetivos valorando al prójimo.
-Sí, todo eso está muy bien, pero mira alrededor, si los que más pueden hacer sólo piensan en sí mismos y buscan fines económicos con egoísmo, ¿qué nos queda?
-Todo, si no estás de acuerdo con eso, lucha porque esas cosas no se repitan.
-Ya, pero yo no puedo hacer nada.
-El mundo no se construyó en un día. Piensa que los pequeños detalles pueden dar grandes resultados.
-Huy, tengo que irme, es tardísimo, mi madre me espera para cenar- dijo Iván mirando el reloj.
-Bien, hasta pronto, muchacho.
-Y tú, ¿no te vas a casa?
-Si, ahora voy, esperaré un poco, márchate, se hace tarde- dijo Becky algo inquieta.

-Adiós, Rebeca, hasta mañana- contestó Iván alejándose por el camino de piedra que rodeaba la fuente junto a la que se habían sentado. Cuando Iván llegó al final del camino, giró la cabeza y vio que aquel banco en el que había estado con Rebeca, se encontraba vacío, la mujer había desaparecido, Iván se quedó extrañado de ver que no había nadie en los alrededores. El muchacho pensó que no le podía haber dado tiempo a la mujer a abandonar el parque en tan poco tiempo. Cuando llegó a su casa, su madre le esperaba para cenar. No medió palabra alguna mientras cenaban, ella no quiso preguntarle; llevaba días observándole y sabía que algo le pasaba. Le notaba ausente y llegaba sobre la hora de cenar, algo impensable teniendo en cuenta que Iván siempre iba directo desde el colegio. Su madre intuía que aunque algo le pasaba, no podía ser malo porque Iván era un niño responsable que nunca se metía en problemas y sacaba unas notas excelentes. Al día siguiente, el muchacho llegó al parque con una gran sonrisa, estaba deseando contarle las novedades acaecidas en clase.
Becky era una persona a la que le gustaba escuchar y su opinión era muy importante para Iván, ya que él era un chico introvertido al que no le gustaba mucho salir con amigos.

-¡Becky, Becky, tengo que contarte algo!- gritó mientras corría en dirección al banco del parque, ese en el que acostumbraba a encontrar a la mujer, sentada mirando sin rumbo alguno. Iván llegó al banco y se sentó junto a Rebeca, que estaba apoyada en uno de los apoyabrazos del banco.
-Hoy nos han dicho que mañana visitaremos la biblioteca del barrio y que nos dejarán hacernos el carnet de socios para poder llevarnos un libro a casa. ¿No es genial?
-Sí, Iván, eso está muy bien… y dime ¿a qué hora vendrás?
Iván por un momento quedó sorprendido por la pregunta, pero le respondió sin darle importancia a su significado.
-Nos han dicho que estemos en la puerta del instituto a las nueve de la mañana y que no lleguemos tarde.
-Más te vale, jovencito-dijo Becky.
Iván seguía sin entender nada, pasaron la tarde hablando de personajes de ficción, de poetas, escritores, novelas... hasta que llegó la hora de irse y el joven se marchó siguiendo el camino que acostumbraba a seguir cada día.
Eran las nueve de la mañana y todos los chicos de la clase de Iván estaban esperando en la puerta a que el profesor hiciera el recuento final para irse a la biblioteca. Iván estaba impaciente por ver cómo sería una biblioteca por dentro, alguna vez la había visto en la televisión, pero nunca había estado en una de verdad, la idea le ilusionaba bastante. Cuando entraron, vieron a una mujer de espaldas, revisando una de las estanterías que adornaba la entrada de la biblioteca, los chicos hacían cola para recoger su carnet de socio tal y como les había explicado el profesor. Llegó el turno de Iván y al acercarse al mostrador, la mujer se giró y cuál fue su sorpresa al descubrir que se trataba de Rebeca.
Lejos de saludarla, Iván agachó la cabeza, estiró la mano y cogió el carnet que Rebeca le entregaba, ella no dijo nada, sonrió levemente.-Toma, jovencito, espero que vengas más veces por aquí.
Iván era muy vergonzoso y las palabras de Rebeca hicieron que lo fuera mucho más en aquel momento.
El muchacho guardaba como un secreto su amistad tan peculiar con aquella bibliotecaria. Él no sabía a qué se dedicaba Rebeca, nunca se lo preguntó y de hecho llegó a pensar que no trabajaba y que por eso pasaba las horas en aquel parque. Lo que nunca pensó fue que su horario del instituto coincidía con el que ella tenía en la biblioteca, por eso se veían cada tarde. Al día siguiente, Iván fue al instituto como cada día, pero al salir fue directo a su casa, llegando más pronto que de costumbre. Su madre le observaba pero en ningún momento le dijo nada, sabía que tenía que ver con el secreto que guardaba desde hacía algún tiempo, cuando cada tarde se ausentaba de casa. Iván no cenó apenas y si probó bocado fue por no levantar sospechas en casa, se fue pronto a dormir y a la mañana siguiente se fue más temprano al instituto, pasó por el parque buscando a Rebeca pero cayó en la cuenta de que estaría en su lugar de trabajo, la biblioteca. Como era pronto, se acercó a ver a Rebeca, aunque no estaba seguro de que estuviera allí.

Cuando llegó fue directo al mostrador, pero allí sólo pudo ver a una señora bastante mayor, con gafas y el pelo negro recogido en un moño.