-Ahora lo entiendo todo. Jovencito, no te has portado bien, debíste presentársela a tus amigos, entiendo que ella se sienta mal por ello.
-Ya, mamá, pero ya no puedo hacer nada para arreglarlo, ella no quiere verme.
- ¿Lo has intentado?¿has ido a hablar con ella?
-Sí, pero por sus palabras sé que no quiere volver a hablar conmigo.
Iván se fue a su habitación algo triste y con el pensamiento lejos de allí, quizás pensando en las últimas palabras que su amiga Rebeca le dijo.
A la mañana siguiente, Iván se fue al instituto como cada día, estaba tan concentrado que se le olvidó despedirse de su madre, algo que a ella no le sentó muy bien.Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?-preguntó amablemente.
-Buenos días, verá, no sé por dónde empezar.
-Oh, tranquila, ¿ha perdido algún objeto?¿desea hacerse el carnet de la biblioteca?
-No, no, nada de eso, verá, no sé si me confundo pero, es que ni siquiera sé el nombre por quien debo preguntar.
-Ah, que busca a alguien, descríbamelo, quizás pueda ayudarla.
-No, no, sé que trabaja aquí, me lo comentó mi hijo, pero no me dijo su nombre.
-Bien, ¿cómo se llama su hijo?
- Se llama Iván, tiene quince años, es un muchacho muy tímido, quizás le conozca.
-Por supuesto que le conozco, ahora entiendo, usted es la madre de Iván, buen chico, si, señora- dijo Rebeca asintiendo al mismo tiempo.
-¿Le conoce usted?
-¿Qué si le conozco? Verá, supongo que usted viene buscándome a mí. Soy Rebeca (estiró su mano con intención de estrecharla) amiga de su hijo.
- ¿Es usted? Vaya, encantada (haciendo ademán de chocarle la mano). Mi hijo está algo triste porque piensa que no va a volver a hablarle. ¿Me puede decir qué amistad tiene y desde cuándo le conoce?
- Verá, a Iván le conocí una tarde en el parque que hay de camino a la biblioteca, él pasa por ahí camino de su casa. Un día se detuvo en el banco en el que me siento cada día y empezó a hacerme un interrogatorio.
-Oh, vaya, cuánto lo siento. Este muchacho, nunca aprenderá.
-No, no, si fue así como iniciamos nuestra amistad. Le hablé sobre la educación y las buenas formas de mi época de niña, él me escuchaba atentamente y cada día quería saber algo nuevo.
- Nunca me habló de usted, sólo sé que llegaba tarde a casa, cenaba y se iba a su habitación.
-Perdone, ¿cómo se llama usted?-preguntó Rebeca.
-Marta y por favor, háblame de tú, así me quitarás algunos años - dijo sonriendo- ¿y usted se llama?
-¿Usted? Tú, por favor, debemos ser de la misma quinta. Mi nombre es Rebeca.
-Y dime, ¿viene mucho Iván a la biblioteca? Nunca me comentó nada.
-La verdad es que no y creo que en estos momentos no está dispuesto a pasarse por aquí, no quiere hablarme.
-No es así, creo que piensa lo contrario, que la que no quiere hablar con él eres tú, de hecho está triste porque dijo algo de que te ofendió al no reconocer ante sus compañeros que te conocía, ¿me equivoco?
-No, es cierto, no quiso presentarme a sus amigos, pero yo no me enfadé con él, sólo que no lo ví correcto y se lo hice saber, pero no creo que eso sea motivo como para dejar de hablarnos.
-Para él sí, cree que no quieres saber más de él. Por cierto, ¿qué opinión tiene mi hijo acerca de las cosas que le cuentas?
-Tranquila, tu hijo sabe perfectamente lo que hace y lo que quiere. Tiene valores muy buenos y no es de los que se deja guiar por nadie, es de ideas propias, puedes estar orgullosa de él, es un buen chico.
- Lo sé, nunca me ha dado problemas, por eso cuando empezó a llegar tarde a casa, no me preocupé, siempre estaba a su hora de cenar, aunque venía muy callado, tampoco ha sido un chico que hable mucho.
-Créeme que si le gusta la conversación, Iván no es de los que se calla, a veces teme hablar más de la cuenta ó cortarme al hablar, pero tiene mucho que decir.

- Rebeca, me alegro de que te haya conocido, sabiendo a lo que te dedicas, estoy encantada de que pase las tardes hablando contigo, estoy tranquila sabiendo que no se mete en líos.
-Puedes estarlo, créeme- contestó Rebeca.
-¿Y puedo preguntarte si tienes niños ó alguna mascota?
-No, ¿y esa pregunta?- sonrió- ¿a qué se debe?
-Perdona que me entrometa pero como mi hijo te ve cada tarde sentada en el parque pensé que sacabas a tu perro o tenías algún niño.
-No, sólo disfruto de la tarde, del momento, veo a las palomas posarse en el suelo, veo las ramas de los árboles agitarse, la gente pasar… en fin, observo.
-Oh, perdona, busqué una finalidad y no la hay.
-No te disculpes, entiendo tus dudas, paso las tardes, eso es todo, luego, sobre las ocho y media, tengo a veces imposiciones, obligaciones y debo marchar.
-Disculpa mi insistencia, ¿marchar por obligación? ¿a casa?
-Jajajaja, no, al hospital.
Marta se quedó cortada ante la respuesta de Rebeca, pensó en seguir preguntando pero esta vez calló por miedo a que ésta se enfadara.
-Supongo que te estás preguntando qué obligación tengo de ir a un hospital. Verás, tengo cáncer, me lo han diagnosticado hace poco y debo ir a revisiones, mañana empiezo la quimioterapia y en parte me vino bien que Iván se enfadara conmigo y no quiera verme, porque no sabría qué excusa ponerle.
-Pero Rebeca, eso es..es…- Marta se quedó sin palabras, notó cómo sus ojos se humedecían.
-Marta, no pasa nada, créeme, lo tengo superado, estoy informada, esto es como jugar a la ruleta, unos ganan y otros pierden y yo soy muy cabezota, mientras intento disfrutar de la vida con la fuerza que me queda.
-¿No sabe nada Iván?
-No, por supuesto que no, no quise que se pusiera triste, es un niño muy susceptible, muy sensible y no quiero que lo pase mal.
-Pero él no te verá aquí mañana.
-Ni hoy, él no creo que venga, está enfadado, recuerda.
-No es justo, Rebeca, no puede ser, ahora que te conozco, que mi hijo tiene un motivo por el que sonreír, ¿sabías que mi hijo sonríe en la cena? Es un chico serio pero supongo que recuerda conversaciones contigo y se le escapa una sonrisa a veces.
-Marta, tu hijo está lleno de vitalidad, sólo tiene que sacarla a flote.
-¿Podrías tener un rato esta tarde para tomar un café conmigo? Me gustaría compartir esa amistad que tienes con mi hijo.
-Por supuesto, ¿te viene bien a las cinco?- contestó Rebeca.
-Sí, muy bien, hay una cafetería en esta calle que supongo que la conoces, se llama El Ángel.
- Sí, la he visto, cuentan que le pusieron el nombre porque gracias a que les tocó la lotería pudieron abrir el local y al año siguiente les volvió a tocar y ampliaron el negocio y contrataron gente, de ahí el nombre de El Ángel- contó Rebeca.
-Vaya, estás bien informada, no sabía nada, pues nos vemos luego a las cinco en la cafetería.
- Bien, allí estaré- asintió Rebeca.
Marta se marchó a casa a preparar la comida y por la tarde, sobre las cinco menos cuarto, entró Iván con su mochila del instituto, saludó su madre y se dirigió a su habitación algo decaído. Marta ya sabía lo que le pasaba y aunque quería contarle lo de su visita a la biblioteca, no dijo nada.
-Iván, voy a salir, he de comprar unas cosas, no tardaré.
-Vale, mamá, van a venir Diego y Nacho para hacer un trabajo que nos han mandado en clase.
-Bien, si necesitas algo, me llamas.
Marta salió de casa y llegó puntual a su cita con Rebeca. Ésta se encontraba ya en el interior de la cafetería, estaba sentada en una mesa junto a la ventana. En cuanto la vio entrar, alzó la mano paro indicarle que estaba allí.
-Hola, Marta, ¿qué tal Iván? ¿le has visto?
-Sí, llegó a casa y lo poco que hablé con él fue que me iba a comprar y me dijo que tenía que hacer un trabajo con dos compañeros.