-¡Rebeca!¡cáncer! No puede ser, mamá, ella es fuerte-dijo Iván sorprendido.
-Cariño, las mujeres fuertes también pasan por momentos difíciles, pero se pondrá bien, es una luchadora.
El muchacho agachó la cabeza, no quería que su madre le viera llorar, pero sus lágrimas comenzaron a caer y él no sabía qué decir.
-Tranquilo, se pondrá bien, es fuerte y saldrá adelante.
-Mamá, ¿dónde está ahora?
-Está bien, la dejé en su casa, necesitaba descansar. Luego me acercaré para llevarle algo de cenar.
-Mamá, quiero ir contigo, quiero verla.
-No sé si es buena idea.
-Me da igual si es buena idea, yo voy contigo.
-Bueno, haz los deberes, luego te aviso.
Marta salió de la habitación del muchacho, cerró la puerta y oyó tras de sí unos sollozos procedentes del interior; había dejado a Iván llorando pero no quiso molestarle, sabía por lo que estaba pasando y prefería dejarle solo en ese momento, sabía lo que Rebeca significaba para él. Cuando terminaron de cenar, madre e hijo salieron camino de la casa de Rebeca, Marta le había preparado un caldo casero y llevaba tortilla de patata que tanto le gustaba a Iván. Ni siquiera le molestó en llamar a la puerta, abrió con el juego de llaves que Rebeca le había dado, pensando que se encontraría aún dormida. Entraron pero Rebeca no se encontraba en el sillón ni en la cama; Marta buscó por la casa pero no estaba, justo en ese momento Rebeca entró por la puerta, estaba pálida y se fue directa al baño. Marta pensó que no los había visto pero Rebeca apenas podía articular palabra, el muchacho que estaba junto a la puerta oyó cómo la bibliotecaria vomitaba y lloraba. Iván se dejó caer, despacio, llegando a sentarse en el suelo y apoyado en la pared del baño, comenzó a llorar desconsoladamente. Marta le escuchó y fue a ver qué pasaba, no habló, le ofreció la mano a su hijo para que éste se levantara. Cuando éste se incorporó, abrazó a su madre que intentaba tranquilizarle, le secó las lágrimas y dándole un golpecito en la espalda, le habló entre susurros.
-Sé fuerte, cariño, que no nos vea así.
La cara de Iván cambió en cuanto vio cómo se abría la puerta del baño y salía Rebeca del interior muy desmejorada.
-Hola, Rebeca, ¿qué tal estás?-preguntó Iván sabiendo que no era la mejor pregunta que podía hacerle en ese momento.
-Iván-(abrazándole)-me alegro mucho de verte.
-Rebeca, ¿de dónde vienes? Sabes que necesitas descansar- le dijo Marta.
-Fui a dar un paseo y a buscar a Iván, pensé que le encontraría por el parque.
-¿Pero no estás enfadada conmigo?-preguntó el joven.
-¿Por qué debería estarlo?¿Por no reconocerme ante tus amigos? No, Iván, no estoy enfadada por ser tu secreto, si tú no quieres que me conozcan, es tu decisión.
-Sí, quiero que te conozcan, quiero que vean que tengo una amiga muy fuerte.
-¿Muy fuerte? Jovencito, Rebeca es muy guapa, también deberías decirles eso- sonrió Marta.
-Marta, no digas eso, que me pondré colorada- bromeó Rebeca.
Iván se sonrojó pero no quiso reconocer que su amiga era verdaderamente guapa además de ser fuerte.
Marta llevó a Rebeca a la cocina, allí tenía una gran mesa con cuatro sillas, las cuales dispuso para que la mujer se sentara en una de ellas para cenar. Luego madre e hijo se sentaron junto a ella para acompañarla y poco a poco Rebeca empezó a recuperar el color habitual de su cara. Cuando terminó de cenar, Marta recogió la mesa y el muchacho se fue con Rebeca al comedor para que ésta descansara junto al televisor.
-Rebeca, nosotros nos vamos, es tarde y debes estar cansada de aguantarnos.
-No digas eso ni en broma, me habéis hecho mucha compañía, gracias Marta.
-No me dés las gracias, sabes que lo hago encantada, ójala mis pacientes fueran como tú.
-Marta, ahora que lo dices, ¿a qué te dedicas?
-Soy auxiliar de enfermería, querida, pensé que te lo había contado Iván.
-No, la verdad es que no, es un chico muy reservado y yo tampoco le he preguntado nunca, ¡qué interesante!
-¿Interesante?¿tú crees? bueno, es un trabajo que me gusta, supongo que es algo que ya estoy acostumbrada a hacer, me gusta hablar con la gente y que se sientan bien, eso es todo.
-Tu trabajo tiene mucho mérito, Marta y lo sabes, no vale cualquier persona, hay que tener capacidades y ciertas aptitudes para ello.
-Sí, puede ser, Rebeca, duerme un poco-dijo Marta saliendo del comedor.
Sorprendentemente, Iván dio marcha atrás, se acercó a Rebeca y la besó en la mejilla. El muchacho no dijo nada pero Rebeca notó cómo su cuerpo temblaba, aunque no quiso hacerle sentir mal y tan solo le besó devolviéndole el beso que él le había dado. El camino a casa se les hizo largo a los dos, madre e hijo paseaban en silencio, cada uno con sus pensamientos, mirando al suelo. Cuando llegaron a casa, ambos se fueron a dormir, había sido un día muy intenso lleno de emociones y no tenían ganas de comentar nada al respecto. Los días transcurrieron lentos sin cambio alguno para Rebeca, salvo el cansancio que cada vez era más evidente en ella; no obstante, se veía con fuerzas suficientes para seguir, porque cada día, Iván se acercaba a verla, con o sin su madre y nunca le faltaba una rosa blanca que el muchacho le llevaba.
