septiembre 22, 2026
AMAR DESPUÉS DEL COMA

Clara era una persona madura que a sus cuarenta años conservaba aún en su sonrisa aquella juventud que con el paso de los años y sus malas experiencias se había ido deteriorando en su rostro, su mirada era la de una adolescente que no había vivido todo lo que hubiera deseado, pero soñaba con tener algún día aquello que nunca consiguió, el amor de alguien que la quisiera de verdad.
Cada día paseaba ensimismada en sus miles de problemas… pero algo le había cambiado el carácter, algo la había llenado de sol sus días grises, aquella persona la hacía soñar con sólo verla aparecer, oír su voz, rozar su piel.
Él no la daba esperanzas de estar juntos, pero nunca hubo una negativa por su parte, algo que hacía que alentara a aquella mujer a seguir luchando por estar con él.
Aquél día lluvioso y nublado, salió dispuesta a acabar con todo cuanto había vivido a su lado, salió esperando tener fuerzas para detener algo que no tenía futuro, pensaba en enfrentarse a él, decirle cuanto estaba en su cabeza, acabar de una vez con sus sueños junto a él, para poder al fin volver a vivir.
Lo que no esperaba era que aquél coche, pasara tan deprisa, con la mala suerte de que además con tanto charco inoportuno, no se pudieran ver las rayas de aquél ceda el paso y arrollara a Clara, aquella mujer sumida en sus pensamientos con él, enamorada aunque cansada de insistir, esperar, consentir y no conseguir nada.
A las 8 de la tarde ingresó en aquella habitación de hospital, su estado crítico lo decía todo, un fatídico accidente que pudo costarle la vida y que en un momento le arrebató bastante, ella quedó en coma.

Él se enteró por las noticias del paradero de Clara, él reaccionó TARDE, pero lo hizo, él se dio cuenta que faltaba alguien merodeando en su vida y sin esperar un minuto más fue a verla; ella no le veía, ella no hablaba, ella tan solo …estaba.
Mario le leía cada día, iba a verla, a veces le sonreía, creyendo ver alguna mueca en su cara, él tenía la esperanza de oír su voz de nuevo y siempre que el trabajo se lo permitía, allí estaba para hablarle, para contarle cómo iba el día.
Mario- Ayer me acordé de ti, ví una película de las que no me gustan, de las que hablan de amor y comprendí que me querías. Anoche supe que fuíste sincera cuando decías que necesitabas mi mano, que querías verte en mis ojos, que esperabas mis abrazos. Al ver la película comprendí que el tiempo hay que cogerlo, que hay que subirse al tren, que todo pasa por algo y que sin ti ya no quiero estar. ¿Y sabes lo más duro de esto? Que me dí cuenta de que no quería más porque me lo dabas todo y entendí que te llegaras a cansar y que es tarde para descubrir lo mucho que te he querido sin darme cuenta. Ahora creo que siempre me has querido, que todo era cierto, que me querías en tu vida y que lo darías todo por mí, ahora empiezo a comprender.
Por las mejillas de Clara corrían a toda prisa dos lágrimas, sus ojos parpadearon y su mano derecha empezó a abrirse, de pronto la puso encima de la de Mario, que estaba apoyada sobre la cama.

Clara suspiró y se la pudo oír sus últimas palabras.
Clara- Óyeme bien, maldito cabezón, ni muerta dejaré de amarte.
Esa noche Clara murió a las dos de la madrugada, esas fueron sus últimas palabras, Mario pasó largo rato llorando con la cabeza apoyada sobre la mano de Clara, ya helada.
Dos años después de aquello, Mario sigue llevándole flores a Clara.
FIN

 

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