Mi idea era la de pasar unas tranquilas vacaciones en la playa, la casita estaba muy bien, era tal como la anunciaban en aquella agencia. No sólo tenía vistas al mar, estaba junto al mar, a tan sólo unos metros de la orilla. Cuando llegué, nada más dejar la maleta, inspeccioné cada rincón de la casa, me gustó lo que veía. Me asomé a la enorme terraza que daba al mar y la ví por primera vez, allí estaba ella, una adolescente con un caballete y un pincel en su mano, su pelo era largo y castaño, su tez morena y su silueta esbelta, llevaba los pies descalzos y dejaba entrever una ligera sonrisa en su rostro. Vestía una amplia camisa blanca y un pareo anudado a la cintura, me quedé observándola, parecía estar en un mundo paralelo, como si olvidara que pasaba gente paseando cerca. Ella sólo miraba al frente, a lo lejos, donde el agua se acababa tras el horizonte. Allá en la distancia tenía puesta la vista y yo no entendí en aquel momento qué podía llamarle la atención. La ví abrir un pequeño maletín que había traído consigo, cogió el pincel y comenzó a pintar sobre el lienzo. No pude evitar sentir curiosidad por ver qué pintaba. Salí de la casa, no sin antes ponerme el bañador y un pantalón corto; me calcé unas chanclas y bajé hasta la orilla. Allí estaba ella, con su dibujo, inmersa en el horizonte y sin reparar siquiera en que yo estaba allí. De pronto, me decidí a hablarla, la saludé y lo único que obtuve fue una mirada fría y distante como si no estuviera allí.
-Mi nombre es Laura-le dije y aunque pensé que no tendría respuesta por su parte, me sorprendió que me contestara.
-Lucía, me llamo Lucía.
Ésas fueron las únicas palabras que escuché de ella. Siguió pintando y me dí cuenta de que no le importaba que la observara, ella sólo quería acabar su cuadro. En él se mostraba un final, el fondo de un mar que acababa, era extraño, pero bonito, ver lo bien que había plasmado la lejanía del horizonte. Luego le dio toques oscuros, sombras simulando la noche, omitiendo el sol que tan evidente veíamos y que sin embargo no contó con él en su cuadro. Pasada una hora me marché, ni siquiera me despedí de ella, porque supuse que eso la molestaría, dada su concentración. Cuando terminé de comer, me asomé a la terraza y ví que la chica ya no estaba, pensé que era la última vez que la veía, pero me equivoqué. Aquél mismo día, por la noche, la ví de nuevo en la orilla, pintando. La luna llena le permitió tener la luz suficiente para continuar el cuadro. Decidí bajar y una vez a su lado observé los cambios que había hecho. Era curioso ver que estaba utilizando la luz y el brillo del día sobre el mar y la luna y las sombras del cielo, todo en un mismo cuadro que lejos de resultar recargado, estaba siendo perfecto. Me marché al rato con la convicción de que volvería a verla al día siguiente, pero a primera hora de la mañana, cuando me levanté, ví que Lucía no estaba. Me pasé toda la mañana en la playa, esperando a que viniera sin obtener resultado. Me fuí a casa a comer y no volví a bajar hasta que por la noche la ví de nuevo. Esta vez me quedé en la distancia, quise ver lo que hacía porque estaba sentada y el caballete no lo abrió. Me dió la sensación de que estaba esperando algo o a alguien. Yo me encontraba a unos metros de ella, sentada sobre mi toalla,
esperando, hasta que sobre la una de la madrugada, cuando ya pensaba irme, apareció una barca de peces y se les notaba cansados. Lucía se levantó y se acercó a hablar con ellos, éstos la saludaron y parecían conocerla. Al cabo de un rato, Lucía se marchó de allí de la mano de uno de los hombres, éste mucho mayor que ella. Ése fue el último día que la ví, porque a la semana siguiente me fuí de allí de vuelta a la rutina de mi trabajo como redactora en un periódico local. Escribí sobre ella, sobre sus cuadros y sobre su gran inspiración sobre el mar. Lo que nunca imaginé es que recibiera una llamada de ella, de Lucía, conocida en el mundo del arte como Luccy, como así supe más tarde. Había conseguido mi teléfono a través de la agencia que me alquiló la casita de la playa, me llamó para invitarme a una de sus exposiciones y yo acepté encantada. Cuando llegué, el primer cuadro al que me dirigí fue a uno llamado «La mar de luz y sombra», era el cuadro que pintó aquel día en la playa y el cual continuó aquella misma noche. Cuando ella apareció, hizo la presentación del que era su nuevo trabajo, al lado del misterioso señor que la acompañaba aquella noche y al cual presentó como su padre. Al ver el cuadro al que hizo referencia, me ví reflejada, algo que ella confirmó más tarde, al tratarse de mi persona; me había dibujado a mí, asomada en mi terraza con vistas al mar, mirándola a ella pintar. Lo que más me llamó la atención, pero que no me sorprendió en absoluto, fue el título que figuraba justo debajo: «Mujer curiosa».
