septiembre 22, 2026
EL ANGEL DE REBECA

Solía salir a pasear como cada mañana por aquel parque. Aquél día estaba nublado y vio junto al frondoso árbol que había en el camino, un banco en el que se hallaba una mujer de unos cuarenta años, que observaba atentamente un grupo de palomas que picoteaban migas de pan justo enfrente de ella.
Él se sentó a su lado, no sin antes preguntarle si eso le molestaba, a lo que ella contestó que no. Siguió observando a las palomas, él la miró perplejo preguntándose cuánto tiempo llevaría así; de repente, empezó a hablar.
– Hace años no pasaba; hace años nada de esto se veía- repitió- ¿cómo te llamas?-le preguntó de pronto.
-Iván- le dijo casi sin pensar, ella prosiguió.
-Si tuviera que definirme, diría que soy una persona que ha avanzado con las tecnologías y los cambios, pero que ha dejado un hueco en su corazón para aquellos recuerdos que hicieron que mi vida fuera especial.
-¿Qué hubo de especial antes que no lo haya ahora?-preguntó Iván.
-Es una historia muy larga de contar-dijo la mujer.
-No importa, no tengo prisa- contestó expectante.
-Está bien- comenzó a explicarle, girando la cabeza para observar a las palomas que se habían posado junto al banco en el que estaban sentados.
– Cuando tenía tres años no le temía a nada, era demasiado atrevida y con ganas de comerme el mundo. Mis profesores siempre decían que era una niña muy charlatana a la cual no le costaba hacer amigos. Recuerdo que mi forma de estudio, al igual que el profesorado, era distinto. Supongo que habrá quien diga que ahora se entiende más al alumno, todo lo han querido modernizar y hablan de escuchar y comprender. Pues yo como alumna de aquella época doy gracias por haberme formado en esos años en los que los cimientos eran más fuertes. Tuve una profesora seria, severa, y muy respetable, aprendí de ella los valores como persona y como estudiante. Me enseñó a apreciar la literatura, la ortografía, la poesía…y supongo que habrá quien piense que la poesía es solo eso, pero sinceramente, es lo que me ha enseñado disciplina. Becky miró a su alrededor y prosiguió contando aquella emocionante historia.
– Aprendí vocabulario, porque la lectura me hizo querer comprender cada palabra leída y para ello, contaba con un diccionario a mi lado al cual acudía cuando algo no entendía.
-Claro, seguro que era la empollona de la clase y sacaba muy buena nota- dijo Iván.
-¡Qué va, te equivocas! Yo hablaba tanto que mi madre tuvo que venir alguna que otra vez a hablar con la profesora. Yo nunca fui la típica empollona; de hecho a veces me regañaban por hablar mucho pero mi interés por aprender era más grande y eso me hizo querer seguir y aprobar el curso.
-Disculpe, pero ¿cuál es su nombre? Me gustaría saberlo antes de que prosiga con la historia- Dijo Iván.
– Mi nombre es Rebeca, puedes llamarme Becky y por favor tutéame- le contestó ella.
– Entonces encantado, Becky, sigue, por favor.
– Un día la profesora nos invitó a dos compañeras y a mí a merendar a un burguer, por el centro de Madrid, de camino vimos a un hombre que nos resultaba familiar; nos acercamos a él y vimos que se trataba de Antonio Ferrandis, más conocido como “Chanquete” de una de las series más conocidas entonces en televisión “Verano Azul”.
-¡Guau! Yo he llegado a ver algún capítulo de esa serie, me gustó, pero sigue, por favor, sigue, ¿qué pasó?- dijo Iván con mirada interesante.
-Nuestra profesora le preguntó qué tal estaba porque había salido recientemente del hospital y él estaba encantado de que le hubiéramos reconocido-le contó Rebeca.
-Supongo que alegra el hecho de que le reconozcan a uno por la calle, he leído que le tenían mucho cariño y que era uno de los protagonistas- comentó el joven.
-Sí, en efecto, se hacía querer, era un hombre sencillo y muy buen actor. Como te decía, yo que con los años me había vuelto más tímida, tuve que enfrentarme a mis miedos y mi profesora me expuso a salir en todas las funciones que se celebraban en el colegio, algo que me vino muy bien años más tarde para desenvolverme en mi vida laboral. En aquella época no existía primaria, ni secundaria ni tampoco la E.S.O. Estudié la Enseñanza General Básica (E.G.B.) y aún hoy lamento que esta enseñanza se perdiera. Yo aprendí con sus libros, sus profesores… yo pasé de curso y aprobé como una mayoría de alumnos de aquel entonces. El porcentaje de aprobados en aquel tiempo era muy superior al actual; el profesorado era mucho más respetado y las normas mejor acatadas por los alumnos. Alumnos de aquel entonces formados para aprender una disciplina, hechos en un ambiente en el que la educación y el respeto eran esenciales.
-¿Echas de menos más cosas?-preguntó Iván.
-Claro, añoro las navidades de aquellas épocas, aquellas tradiciones como las de pedir el aguinaldo por niños que portaban en sus manos panderetas de colores, ó desearse felices fiestas por la calle, algo que con el tiempo se ha perdido. Si algo echo en falta de aquellos tiempos es la vida tranquila en las calles, las buenas gentes, la falta de violencia, robos y maldad en general.
-Perdona, Becky, ¿a qué jugábais cuando eras pequeña?
-Mis juegos de infancia fueron parte de lo que hoy en día añoro ver por la calle. Solía jugar a la comba, a veces al escondite y algún otro juego que rara vez se ve ya. Por la calle se podía ver pintada con tiza una silueta hecha con cuadrados y un gran círculo que simulaban lo que venía a ser el nombre del juego: la muñeca.
-Sí, pero eso eran juegos de niñas. ¿Y los niños?¿con qué se entretenían?
-Por las tardes, los niños salían a jugar con sus yoyós, algunos con peonzas de madera y otros se dedicaban a jugar con chapas de sus jugadores en campos que ellos mismos diseñaban y porterías hechas con pinzas y otros materiales-le contestó Rebeca.
-¿Tenías algún juguete preferido más que otro?-preguntó Iván.
-Por supuesto, aunque todos eran entretenidos. Uno de mis juguetes favoritos fue el hulahop, también lo era la casa de pin y pon, ó el scalextric, el cual compartía con mi hermano mayor para echar competiciones con los coches. La mejor hora del día eran las seis de la tarde, esa hora en la que yo permanecía ante el televisor que contaba tan solo con dos o tres canales y teníamos una programación de lo más variada. A esa hora, cómo no, empezaba mi programa favorito, Barrio Sésamo; ese programa que nos hacía permanecer inmóviles cantando las canciones de Espinete, el erizo ó de Don Pimpon, el búho. Y perdóname que especifique tanto pero creo que estas generaciones de ahora como la tuya no tuvieron la oportunidad de vivir aquello. Y por mucho que esté internet, no es lo mismo ver algún episodio localizado ahora que verlo en el momento que lo emitían. Hasta que no acababa Barrio Sésamo yo no salía a jugar, ni yo ni muchos. También recuerdo que a veces solía ir a una pequeña tienda de frutos secos donde también se cambiaban tebeos; yo lo hacía; por un duro o lo que es igual, cinco pesetas de entonces, podía cambiar uno de mis tebeos por otro nuevo para leer; también por una peseta compraba un chicle de fresa, por cinco pesetas podía llevarme una bolsa de gusanitos de bolitas que tanto me gustaban.
– ¿Qué leías?¿Había libros como los de ahora?¿Y ebook?¿podías bajarte películas de internet?- preguntó de nuevo Iván más expectante a medida que pasaba el tiempo.
-Jajaja-se rió Rebeca- No, no había ebook, ni internet, ni podías bajarte películas, pero sobrevivíamos y bastante bien. Mira, cuando yo estaba en el colegio, recuerdo que mi profesora nos mandó leer “El pirata Garrapata”, era un libro tan entretenido y divertido que antes de que ella nos mandara leer el siguiente capítulo ya los habíamos leído nosotros, no uno, sino dos o tres más, porque estábamos impacientes por saber qué otra hazaña le esperaba al gracioso pirata. En aquél entonces vivíamos los libros, palabra por palabra y nos metíamos en el papel del protagonista.
– Bueno, pero seguro que solo ese libro era divertido y el resto un rollo, ¿a que si?- le retó Iván.
Rebeca le sonreía, pensando en todo lo que aquél muchacho se había perdido y lo que le hubiera gustado que él hubiera conocido para darse cuenta de todas las ventajas que aquella época le ofreció.
-Veamos a ver si recuerdo, ¡ah, sí! Ya, ya me acuerdo, otro libro que me hizo reír fue el de un fraile que no hacía más que meter la pata “Fray Perico y su borrico”. Menudos líos organizaba en aquel convento él solito.
-¿Y si metía tanto la pata por qué no le echaron?- preguntaba Iván, interesado en saber más de aquel libro.
-Muy sencillo: porque si le hubieran echado, no habría libro y esos frailes no habrían tenido sentido. Fray Perico era el alma del convento. Metía la pata, sí, pero de qué manera, era tan ingenuo y tan bueno que siempre tenían que terminar perdonándolo, porque su intención era buena aunque el resultado era malo, jajaja.
-Has tenido que pasártelo muy bien leyéndolo por la cara que pones y lo que cuentas de él- le dijo el muchacho.
– ¿Que si me lo he pasado bien? Yo no me leía los libros, muchacho, yo me los comía con los ojos, eran tan sumamente motivadores y llenos de ingenio y humor que apetecía leerlos, nunca se aprendía nada malo de ellos; era de lo que se trataba en esa época.
-Vale, pero ¿a que no se te ocurren más libros igual de entretenidos que esos?
-Por supuesto que sí, podría estar aquí todo el día contándote los libros que llenaron mi infancia y mi adolescencia, ¿quieres uno más? La historia Interminable, un libro que más que de humor, era de ficción y a la vez de las vivencias de un niño más ó menos de tu edad, un libro con mucha imaginación. Y ahora ¿quieres más? Leíamos mucho de todos los géneros tales como teatro, en los que se encontraba “La Venganza de Don Mendo”, ó libros míticos como “La Eneida”, ó algunos de poesía como “Romancero gitano”.
-¡Para, para! ¿Es que no teníais fin?¿cuándo merendábais?- preguntó Iván asustado pensando que la vida era solo libros.
Rebeca reía a carcajadas, le hacía gracia la idea de ver a Iván sorprendido mirando en todas direcciones, perplejo por la situación incómoda de pensar que esa vida era un tanto extraña, pero aun así, quería saber más, le llamaba la atención.
-Antes el valor de la amistad estaba por encima de cualquier cosa. Las calles se llenaban de niños, grupos de chicos y chicas que pasaban la tarde comiendo bolsas de patatas, pipas… sin otra intención que la de pasarlo bien en compañía de sus amistades. En aquellos tiempos, el primer amor era algo especial que nacía de un pequeño grupo de amigos, del colegio, del día a día… a través de cartas, escritos, gestos, miradas y detalles cuidados a través de los que surgía la chispa de lo imprevisible, de lo mágico… el primer amor era algo que valorábamos y cuidábamos mucho, nadie se separaba por muchas discusiones que hubiera, era distinto.
-Ya, pero eso sigue pasando en algunas personas- dijo Iván.
-Sí, pero no de la misma forma, ¿sabes cuál es la diferencia? Las raíces. Estábamos hechos de otra pasta, otros valores arraigados de nuestros pasados, de nuestros mayores… creíamos en lo que hacíamos y luchábamos por aquello que queríamos.
-Pero nosotros también hacemos eso- se quejó el joven.
-No de la misma forma, vosotros os habéis encontrado lo que ahora véis y habéis visto cómo vuestro alrededor se ha ido dañando.
-Ya, pero nosotros no tenemos la culpa, ya estaba así.
-Es cierto que no tenéis culpa pero no estaba así, se ha ido deteriorando en el tiempo, y el problema de todo lo que va pasando es el conformismo. No luchamos lo suficiente para mantener nuestras ideas, nuestros valores.
-Yo creo que sí luchamos, la gente busca su trabajo, para pagar su casa- dijo Iván.
-Tú lo has dicho “para pagar su casa”, amigo, eso es subsistir, no vivir, un claro ejemplo de que no se lucha, se sobrevive, ¿me entiendes ahora?
-Creo que sí- contestó Iván, con la seguridad que le caracterizaba.
-Te diré algo, muchacho. Antes no teníamos más riquezas, ni más poder, pero éramos felices viviendo humildemente, no necesitábamos más.
-Pero antes no había tanto paro, ni tanta pobreza, las cosas eran más fáciles supongo.
-No, tienes razón, tampoco había tanta corrupción; esos valores de los que te he hablado, permanecían intactos, los empresarios respetaban a sus trabajadores y con ellos, sus derechos. Las famosas regulaciones de empleo que hay ahora no existían porque si no había trabajo ó había que prescindir de algún trabajador, no había inconveniente para indemnizarle por lo que habían sido años de trabajo de esa persona, los empresarios eran más humanos.
-Entonces lo que pasaba antes era lo normal, lo que debería pasar ahora, pero… ¿por qué ahora es tan difícil, por qué no intentan solucionarlo para vivir mejor?
-Sinceramente, no creo que ahora las cosas sean más difíciles. Te insisto, son los valores los que se han perdido. Son las personas las que se complican a sí mismas. Si retrocedemos a mi infancia de nuevo, te diré que aprendimos a respetar con una disciplina necesaria para nuestra educación, algo que hoy en día no estaría de más- contó Rebeca.
-Ya, pero ¿eso no sería muy drástico, Rebeca? La gente no está acostumbrada.
-¿Drástico para qué ó para quién? Dime una cosa… ¿si a ti no te hubieran exigido estudiar crees que ahora tendrías conocimiento alguno de cualquier materia?- dijo Becky, intentando que entendiera ciertos valores de los que le hablaba.
-No, la verdad es que no, creo que ahora entiendo lo que me dices.
-Mira, antes se valoraba el esfuerzo y la dedicación. También las buenas costumbres eran algo que perduró en el tiempo hasta que fueron desapareciendo.
-¿Buenas costumbres?¿como cuáles? no te entiendo- preguntó Iván.
-Sí, Iván, te pondré un ejemplo, sólo piensa cuántas personas recuerdas cruzarse con tus padres siendo pequeño y felicitaban las fiestas. Ahora dime ¿hay diferencia?
-¡Guau!, nunca lo había pensado, ahora nadie te felicita las fiestas ó bueno, algún despistado, que aún cree que alguien le devolverá el saludo, algo difícil hoy en día.
-Pues no es la única, podría contarte miles de anécdotas en las que el presente dista mucho del pasado y éste no tiene nada que envidiar al anterior.
-Qué de cosas sabes, Rebeca!- dijo el muchacho perplejo.
-No, Iván, no es cuestión de saber, más bien de comparar lo que fue y lo que hay y añoro esos tiempos pasados.
-Ya, pero es lo que nos hemos encontrado, nosotros no hemos hecho esto, ya estaba así por nuestros pasados.
-Repito que no es vuestra culpa, pero sí vuestra responsabilidad al igual que la nuestra cambiar lo que hay por lo que será.
-Sí, pero ¿qué podemos hacer nosotros?
-Volvemos de nuevo a la conversación del principio: raíces. De eso se trata, de conservar nuestras raíces, de creer en nuestros principios y luchar por conseguir nuestros objetivos valorando al prójimo.
-Sí, todo eso está muy bien, pero mira alrededor, si los que más pueden hacer sólo piensan en sí mismos y buscan fines económicos con egoísmo, ¿qué nos queda?
-Todo, si no estás de acuerdo con eso, lucha porque esas cosas no se repitan.
-Ya, pero yo no puedo hacer nada.
-El mundo no se construyó en un día. Piensa que los pequeños detalles pueden dar grandes resultados.
-Huy, tengo que irme, es tardísimo, mi madre me espera para cenar- dijo Iván mirando el reloj.
-Bien, hasta pronto, muchacho.
-Y tú, ¿no te vas a casa?
-Si, ahora voy, esperaré un poco, márchate, se hace tarde- dijo Becky algo inquieta.
-Adiós, Rebeca, hasta mañana- contestó Iván alejándose por el camino de piedra que rodeaba la fuente junto a la que se habían sentado. Cuando Iván llegó al final del camino, giró la cabeza y vio que aquel banco en el que había estado con Rebeca, se encontraba vacío, la mujer había desaparecido, Iván se quedó extrañado de ver que no había nadie en los alrededores. El muchacho pensó que no le podía haber dado tiempo a la mujer a abandonar el parque en tan poco tiempo. Cuando llegó a su casa, su madre le esperaba para cenar. No medió palabra alguna mientras cenaban, ella no quiso preguntarle; llevaba días observándole y sabía que algo le pasaba. Le notaba ausente y llegaba sobre la hora de cenar, algo impensable teniendo en cuenta que Iván siempre iba directo desde el colegio. Su madre intuía que aunque algo le pasaba, no podía ser malo porque Iván era un niño responsable que nunca se metía en problemas y sacaba unas notas excelentes. Al día siguiente, el muchacho llegó al parque con una gran sonrisa, estaba deseando contarle las novedades acaecidas en clase.
Becky era una persona a la que le gustaba escuchar y su opinión era muy importante para Iván, ya que él era un chico introvertido al que no le gustaba mucho salir con amigos.
-¡Becky, Becky, tengo que contarte algo!- gritó mientras corría en dirección al banco del parque, ese en el que acostumbraba a encontrar a la mujer, sentada mirando sin rumbo alguno. Iván llegó al banco y se sentó junto a Rebeca, que estaba apoyada en uno de los apoyabrazos del banco.
-Hoy nos han dicho que mañana visitaremos la biblioteca del barrio y que nos dejarán hacernos el carnet de socios para poder llevarnos un libro a casa. ¿No es genial?
-Sí, Iván, eso está muy bien… y dime ¿a qué hora vendrás?
Iván por un momento quedó sorprendido por la pregunta, pero le respondió sin darle importancia a su significado.
-Nos han dicho que estemos en la puerta del instituto a las nueve de la mañana y que no lleguemos tarde.
-Más te vale, jovencito-dijo Becky.
Iván seguía sin entender nada, pasaron la tarde hablando de personajes de ficción, de poetas, escritores, novelas… hasta que llegó la hora de irse y el joven se marchó siguiendo el camino que acostumbraba a seguir cada día.
Eran las nueve de la mañana y todos los chicos de la clase de Iván estaban esperando en la puerta a que el profesor hiciera el recuento final para irse a la biblioteca. Iván estaba impaciente por ver cómo sería una biblioteca por dentro, alguna vez la había visto en la televisión, pero nunca había estado en una de verdad, la idea le ilusionaba bastante. Cuando entraron, vieron a una mujer de espaldas, revisando una de las estanterías que adornaba la entrada de la biblioteca, los chicos hacían cola para recoger su carnet de socio tal y como les había explicado el profesor. Llegó el turno de Iván y al acercarse al mostrador, la mujer se giró y cuál fue su sorpresa al descubrir que se trataba de Rebeca.
Lejos de saludarla, Iván agachó la cabeza, estiró la mano y cogió el carnet que Rebeca le entregaba, ella no dijo nada, sonrió levemente.

-Toma, jovencito, espero que vengas más veces por aquí.
Iván era muy vergonzoso y las palabras de Rebeca hicieron que lo fuera mucho más en aquel momento.
El muchacho guardaba como un secreto su amistad tan peculiar con aquella bibliotecaria. Él no sabía a qué se dedicaba Rebeca, nunca se lo preguntó y de hecho llegó a pensar que no trabajaba y que por eso pasaba las horas en aquel parque. Lo que nunca pensó fue que su horario del instituto coincidía con el que ella tenía en la biblioteca, por eso se veían cada tarde. Al día siguiente, Iván fue al instituto como cada día, pero al salir fue directo a su casa, llegando más pronto que de costumbre. Su madre le observaba pero en ningún momento le dijo nada, sabía que tenía que ver con el secreto que guardaba desde hacía algún tiempo, cuando cada tarde se ausentaba de casa. Iván no cenó apenas y si probó bocado fue por no levantar sospechas en casa, se fue pronto a dormir y a la mañana siguiente se fue más temprano al instituto, pasó por el parque buscando a Rebeca pero cayó en la cuenta de que estaría en su lugar de trabajo, la biblioteca. Como era pronto, se acercó a ver a Rebeca, aunque no estaba seguro de que estuviera allí. Cuando llegó fue directo al mostrador, pero allí sólo pudo ver a una señora bastante mayor, con gafas y el pelo negro recogido en un moño.
-Buenos días, joven, ¿qué deseas?
– Yo, yo…- Iván no sabía qué decir.
-Marian, ya me encargo yo del muchacho-dijo mirando a Iván.
Él agachó tímidamente la cabeza.
-Dime, joven, ¿qué deseas?-preguntó Becky guiñándole un ojo.
-Quería… bueno, es que yo… -Iván agachó aún más la cabeza, no sabía qué decir.
-Ayer te estuve esperando, pensé que vendrías como cada tarde, me equivoqué- dijo Rebeca decepcionada.
-Perdona, yo quería ir pero no me esperaba que tú…
– ¿Qué yo qué, Iván?- preguntó Becky cortándole al joven.
-Que estuvieras aquí, nunca me dijiste nada.
-Ya me dí cuenta de que no querías que tus amigos me conocieran, no quisiste presentarme a ninguno.
-Eran muchos, Rebeca, no había tiempo.
-Iván, yo soy solo una, podías haberles dicho que soy tu amiga, a no ser que no me consideres como tal.
-Sí, claro que sí, eres mi amiga.
-¿Y por qué no quieres que nadie me conozca? ¿tan raro es que hables conmigo?¿puedo preguntarte algo?
-Sí, claro- respondió Iván algo triste.
-¿Tu madre sabe que existo?¿le has hablado de mí? Yo te responderé, seguro que no.
-¿Tan importante es que te conozca? Yo te conozco, lo demás da igual.
-No, no da igual si luego reniegas de mí cuando vienes de visita con tus compañeros de clase.
Rebeca estaba tan enojada que apenas quiso mirar al muchacho, se dio media vuelta y solo giró la cabeza para despedirse.
-Y si tanto te avergüenzas de tener una amiga de mi edad, entonces no deberías hablar conmigo, jovencito, buenos días. Iván se quedó perplejo escuchando a Rebeca, sabía que estaba enfadada, pero no tanto como para ver cómo se marchaba y oír esas palabras tan duras procedentes de ella. Iván salió de la biblioteca cabizbajo y con mirada triste, fue algo rápido camino del instituto porque ya se le hacía un poco tarde. En clase estuvo absorto pensando en la discusión que había tenido con su amiga Rebeca y esto provocó que el profesor al preguntarle la lección y no supiera contestarle, le regañara y le mandara al despacho del director. Éste le entregó una nota que debía darle a su madre, era una llamada de atención, algo que no suponía mucho sino volvía a producirse pero que sumada a otras dos podría suponerle la expulsión del instituto.
Cuando Iván llegó a casa, encontró a su madre en la cocina preparándole la merienda, un bocadillo que él solía comer casi cada tarde cuando venía directo del instituto.
-Hola, cariño, ¿qué tal te ha ido el día?-preguntó su madre sonriente como cada tarde.
-Mamá, toma- Iván alargó el brazo y le dio la nota a Marta, su madre.
-¿Qué es esto, Iván?-le preguntó mientras abría el sobre.
-Léelo y deja de preguntar.
-¡Iván, no me hables así!- Marta agachó la mirada y comenzó a leer en voz baja.
-Mamá, me voy a mi habitación.
– No, jovencito, tú no vas a ninguna parte. ¿qué es eso de que no contestas al profesor y que estás en otra cosa?¿qué te pasa, Iván?
-Nada, mamá, que los profesores me tienen manía.
-Vaya, sólo me faltaba oír eso, ¿no tendrá algo que ver con lo que haces por las tardes?
-¿El qué?¿yo?- Iván no sabía que su madre sospechaba algo de sus salidas al parque.
-Iván, ¿dónde vas cuando llegas tarde del instituto?¿crees que no me he dado cuenta?
-A ninguna parte, mamá.
-A alguna parte irás cuando por aquí no apareces. ¿Qué está pasando?
Iván estaba callado, andaba de un lado a otro de la cocina sin rumbo fijo, dio varias vueltas y tras unos minutos, cogió la silla y se sentó, Marta le miraba expectante esperando una respuesta.
-Cuando salgo del instituto voy al parque a ver a Rebeca, una amiga.
-Vaya, ¿te has echado novia y no te atrevías a contármelo?
-Mamá, no es una novia, es una amiga.
-Bueno, llámalo como quieras. ¿Y desde cuándo os véis?
-¡Mamá! que no es mi novia.
-¿Tanto te molesta que lo sea? Si no pasa nada, Iván, yo la acepto igual.
-No lo entiendes, tiene cuarenta años, no es mi novia.
-¡Ups, vaya! Ahora sí que me has dejado de piedra. ¿Y se puede saber qué haces tú yendo a ver a esa mujer al parque? Puede ser peligrosa.
-No lo es, mamá, no digas tonterías, es una mujer muy culta, sabe de todo y
me cuenta muchas cosas de cuando era pequeña, aprendo mucho de sus historias.
-¿Y ese es el motivo por el que te han regañado? Supongo que sí, ¿no?
-Sí, mamá, porque no prestaba atención, es que hoy se enfadó conmigo y creo que no quiere volver a verme.
-¿Y qué necesidad tienes tú de verla?
-Es mi amiga, mamá, te guste o no.
-Y si esa mujer está en el parque, ¿es que no trabaja?
-Sí, claro que trabaja, en la biblioteca, mamá y lo descubrí hace dos días cuando fuimos toda la clase de visita.
-Vaya, entonces ya la conocen tus amigos también, eso ya me parece mejor.
-No, mamá, mis amigos no saben que la conozco, no he dicho nada.
-¿Y por qué no?¿no se la presentaste a tus amigos?
-No, mamá, por eso Rebeca ahora no me habla.
-Ahora lo entiendo todo. Jovencito, no te has portado bien, debíste presentársela a tus amigos, entiendo que ella se sienta mal por ello.
-Ya, mamá, pero ya no puedo hacer nada para arreglarlo, ella no quiere verme.
– ¿Lo has intentado?¿has ido a hablar con ella?
-Sí, pero por sus palabras sé que no quiere volver a hablar conmigo.
Iván se fue a su habitación algo triste y con el pensamiento lejos de allí, quizás pensando en las últimas palabras que su amiga Rebeca le dijo.
A la mañana siguiente, Iván se fue al instituto como cada día, estaba tan concentrado que se le olvidó despedirse de su madre, algo que a ella no le sentó muy bien.
-¿Dónde vas, jovencito?¿no te olvidas de algo?- preguntó enfadada.
-No, mamá, llevo todo, ya cogí el bocadillo y llevo los libros.
-Ven aquí y dame un beso.
Marta le seguía tratando como si aún fuera pequeño, aunque a él le gustaba sentir el cariño de su madre, sólo que esta vez no reparó en ello. En cuanto Iván salió por la puerta, Marta se puso la chaqueta, cogió su bolso, esperó unos minutos y salió calle abajo. Llegó a la puerta de la biblioteca, se detuvo un momento y se quedó algo pensativa antes de entrar. Eran las nueve y media, buena hora para que la biblioteca estuviera tranquila; pasó y encontró un enorme mostrador en el que se encontraba una mujer de unos cuarenta años con la cabeza agachada ojeando un libro que tenía en sus manos. Marta se dirigió a ella y esperó a que la mujer levantara la cabeza, algo que hizo en cuanto notó su presencia.
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?-preguntó amablemente.
-Buenos días, verá, no sé por dónde empezar.
-Oh, tranquila, ¿ha perdido algún objeto?¿desea hacerse el carnet de la biblioteca?
-No, no, nada de eso, verá, no sé si me confundo pero, es que ni siquiera sé el nombre por quien debo preguntar.
-Ah, que busca a alguien, descríbamelo, quizás pueda ayudarla.
-No, no, sé que trabaja aquí, me lo comentó mi hijo, pero no me dijo su nombre.
-Bien, ¿cómo se llama su hijo?
– Se llama Iván, tiene quince años, es un muchacho muy tímido, quizás le conozca.
-Por supuesto que le conozco, ahora entiendo, usted es la madre de Iván, buen chico, si, señora- dijo Rebeca asintiendo al mismo tiempo.
-¿Le conoce usted?
-¿Qué si le conozco? Verá, supongo que usted viene buscándome a mí. Soy Rebeca (estiró su mano con intención de estrecharla) amiga de su hijo.
– ¿Es usted? Vaya, encantada (haciendo ademán de chocarle la mano). Mi hijo está algo triste porque piensa que no va a volver a hablarle. ¿Me puede decir qué amistad tiene y desde cuándo le conoce?
– Verá, a Iván le conocí una tarde en el parque que hay de camino a la biblioteca, él pasa por ahí camino de su casa. Un día se detuvo en el banco en el que me siento cada día y empezó a hacerme un interrogatorio.
-Oh, vaya, cuánto lo siento. Este muchacho, nunca aprenderá.
-No, no, si fue así como iniciamos nuestra amistad. Le hablé sobre la educación y las buenas formas de mi época de niña, él me escuchaba atentamente y cada día quería saber algo nuevo.
– Nunca me habló de usted, sólo sé que llegaba tarde a casa, cenaba y se iba a su habitación.
-Perdone, ¿cómo se llama usted?-preguntó Rebeca.
-Marta y por favor, háblame de tú, así me quitarás algunos años – dijo sonriendo- ¿y usted se llama?
-¿Usted? Tú, por favor, debemos ser de la misma quinta. Mi nombre es Rebeca.
-Y dime, ¿viene mucho Iván a la biblioteca? Nunca me comentó nada.
-La verdad es que no y creo que en estos momentos no está dispuesto a pasarse por aquí, no quiere hablarme.
-No es así, creo que piensa lo contrario, que la que no quiere hablar con él eres tú, de hecho está triste porque dijo algo de que te ofendió al no reconocer ante sus compañeros que te conocía, ¿me equivoco?
-No, es cierto, no quiso presentarme a sus amigos, pero yo no me enfadé con él, sólo que no lo ví correcto y se lo hice saber, pero no creo que eso sea motivo como para dejar de hablarnos.
-Para él sí, cree que no quieres saber más de él. Por cierto, ¿qué opinión tiene mi hijo acerca de las cosas que le cuentas?
-Tranquila, tu hijo sabe perfectamente lo que hace y lo que quiere. Tiene valores muy buenos y no es de los que se deja guiar por nadie, es de ideas propias, puedes estar orgullosa de él, es un buen chico.
– Lo sé, nunca me ha dado problemas, por eso cuando empezó a llegar tarde a casa, no me preocupé, siempre estaba a su hora de cenar, aunque venía muy callado, tampoco ha sido un chico que hable mucho.
-Créeme que si le gusta la conversación, Iván no es de los que se calla, a veces teme hablar más de la cuenta ó cortarme al hablar, pero tiene mucho que decir.
– Rebeca, me alegro de que te haya conocido, sabiendo a lo que te dedicas, estoy encantada de que pase las tardes hablando contigo, estoy tranquila sabiendo que no se mete en líos.
-Puedes estarlo, créeme- contestó Rebeca.
-¿Y puedo preguntarte si tienes niños ó alguna mascota?
-No, ¿y esa pregunta?- sonrió- ¿a qué se debe?
-Perdona que me entrometa pero como mi hijo te ve cada tarde sentada en el parque pensé que sacabas a tu perro o tenías algún niño.
-No, sólo disfruto de la tarde, del momento, veo a las palomas posarse en el suelo, veo las ramas de los árboles agitarse, la gente pasar… en fin, observo.
-Oh, perdona, busqué una finalidad y no la hay.
-No te disculpes, entiendo tus dudas, paso las tardes, eso es todo, luego, sobre las ocho y media, tengo a veces imposiciones, obligaciones y debo marchar.
-Disculpa mi insistencia, ¿marchar por obligación? ¿a casa?
-Jajajaja, no, al hospital.
Marta se quedó cortada ante la respuesta de Rebeca, pensó en seguir preguntando pero esta vez calló por miedo a que ésta se enfadara.
-Supongo que te estás preguntando qué obligación tengo de ir a un hospital. Verás, tengo cáncer, me lo han diagnosticado hace poco y debo ir a revisiones, mañana empiezo la quimioterapia y en parte me vino bien que Iván se enfadara conmigo y no quiera verme, porque no sabría qué excusa ponerle.
-Pero Rebeca, eso es..es…- Marta se quedó sin palabras, notó cómo sus ojos se humedecían.
-Marta, no pasa nada, créeme, lo tengo superado, estoy informada, esto es como jugar a la ruleta, unos ganan y otros pierden y yo soy muy cabezota, mientras intento disfrutar de la vida con la fuerza que me queda.
-¿No sabe nada Iván?
-No, por supuesto que no, no quise que se pusiera triste, es un niño muy susceptible, muy sensible y no quiero que lo pase mal.
-Pero él no te verá aquí mañana.
-Ni hoy, él no creo que venga, está enfadado, recuerda.
-No es justo, Rebeca, no puede ser, ahora que te conozco, que mi hijo tiene un motivo por el que sonreír, ¿sabías que mi hijo sonríe en la cena? Es un chico serio pero supongo que recuerda conversaciones contigo y se le escapa una sonrisa a veces.
-Marta, tu hijo está lleno de vitalidad, sólo tiene que sacarla a flote.
-¿Podrías tener un rato esta tarde para tomar un café conmigo? Me gustaría compartir esa amistad que tienes con mi hijo.
-Por supuesto, ¿te viene bien a las cinco?- contestó Rebeca.
-Sí, muy bien, hay una cafetería en esta calle que supongo que la conoces, se llama El Ángel.
– Sí, la he visto, cuentan que le pusieron el nombre porque gracias a que les tocó la lotería pudieron abrir el local y al año siguiente les volvió a tocar y ampliaron el negocio y contrataron gente, de ahí el nombre de El Ángel- contó Rebeca.
-Vaya, estás bien informada, no sabía nada, pues nos vemos luego a las cinco en la cafetería.
– Bien, allí estaré- asintió Rebeca.
Marta se marchó a casa a preparar la comida y por la tarde, sobre las cinco menos cuarto, entró Iván con su mochila del instituto, saludó su madre y se dirigió a su habitación algo decaído. Marta ya sabía lo que le pasaba y aunque quería contarle lo de su visita a la biblioteca, no dijo nada.
-Iván, voy a salir, he de comprar unas cosas, no tardaré.
-Vale, mamá, van a venir Diego y Nacho para hacer un trabajo que nos han mandado en clase.
-Bien, si necesitas algo, me llamas.
Marta salió de casa y llegó puntual a su cita con Rebeca. Ésta se encontraba ya en el interior de la cafetería, estaba sentada en una mesa junto a la ventana. En cuanto la vio entrar, alzó la mano paro indicarle que estaba allí.
-Hola, Marta, ¿qué tal Iván? ¿le has visto?
-Sí, llegó a casa y lo poco que hablé con él fue que me iba a comprar y me dijo que tenía que hacer un trabajo con dos compañeros.
-Bien, sigue convencido de que no le hablo ó bien está enfadado conmigo.
-Creo que más bien se siente culpable, se avergüenza de verte porque sabe que actuó mal-dijo Marta.
-Si eso es así, no quiero que tenga esa idea.
Mientras Marta y Rebeca hablaban, por la calle pasaban dos muchachos que, sorprendidos, miraban por la ventana y observaban a las dos mujeres. Se trataba de Diego y de Nacho, amigos de Iván, que se dirigían a su casa para hacer los deberes.
Cuando llegaron a su casa, no pudieron callarse y se lo contaron a Iván.
-¿A que no sabes a quién acabamos de ver?- preguntó Diego.
-Ni idea, cuenta, ¿es del instituto?
-No, pero la conoces muy bien.
-No sé quién puede ser, dímelo, sabes que no lo voy a acertar-dijo Iván.
-A tu madre, hemos visto a tu madre-contestó Nacho.
-Pues vaya sorpresa, normal, ha salido a comprar.
-Sí, pero no estaba sola-añadió Diego.
-Se habrá encontrado con alguna vecina ó será un vecino.
-Es una mujer, adivina quién.
-Venga, dejaros ya de tonterías y decirme con quién estaba- dijo Iván enfadado.
-Estaba con la mujer de la biblioteca, ¿te acuerdas de la que estaba en la biblioteca? Pues estaban tomando café en la cafetería El Ángel, parecía que se conocían.
-No puede ser, no se conocen, es imposible-dijo Iván desconcertado.
-Se me ocurre algo, ¿quieres que vayamos allí y lo ves con tus propios ojos?
-Sí, vamos.
Los tres muchachos salieron enseguida de casa camino de la cafetería; cuando llegaron, vieron que la mesa que había estado ocupada por las dos mujeres estaba vacía.
-Estaban ahí, Iván, ahí mismo, nosotros las vimos.
-Serían dos mujeres parecidas.
-No, Iván, era tu madre-recalcó Diego.
Los chicos volvieron a casa con Iván para hacer el trabajo que aún tenían pendiente.
Cuando terminaron, se fueron y éste se quedó escuchando música en su habitación; esperó a que llegara su madre y en cuanto oyó la puerta, salió a recibirla.
-Mamá, ¿de dónde vienes?
-De comprar unas cosas, hijo, ¿te pasa algo?- Marta notó algo raro en Iván.
-Mamá, ¿con quién has estado?
-¿A qué viene esa pregunta? Estuve comprando, no estuve con nadie.
-¿Seguro, mamá?-insistiendo el chico.
-Iván, te he dicho que no he visto a nadie.
Iván se fue a su habitación y no salió hasta la hora de cenar, ninguno de los dos medió palabra en la mesa; Marta le estuvo dando muchas vueltas a la pregunta de su hijo.
Al día siguiente, como cualquier otro viernes, Marta fue a despertar a Iván a su habitación. Iván se levantó sin decir nada, se vistió y fue a desayunar, sólo hubo silencio. Marta esperó a que se fuera su hijo al instituto para ponerse la chaqueta, había quedado con Rebeca para su primera sesión de quimioterapia.
Cuando llegó al hospital, Rebeca esperaba impaciente en la puerta.
-¡Marta, has venido!
-Claro que he venido, no quiero que estés sola en esto, vamos, pasa.
-Marta, gracias por tu amistad-dijo Rebeca.
-Verás cómo no me das las gracias cuando tengas que invitarme a merendar-bromeó Marta. Rebeca sonrió y las dos mujeres entraron en el hospital, Marta no se separó de su nueva amiga ni un momento; tras recibir su primera sesión de quimio, cogieron un taxi de vuelta, Rebeca estaba muy decaída y estaba bastante cansada. Rebeca se quedó echada y Marta se fue preocupada, su amiga le había dado un juego de llaves por si tenía que entrar en cualquier momento. Llegó a casa y le dio tiempo a quitarse la chaqueta y recoger un poco antes de que Iván llegara a casa del instituto. Iván no podía más y se dirigió a la cocina para hablar con su madre.
-Mamá, hoy he pasado por el parque y no he visto a Rebeca.
-Bueno, tendría cosas que hacer, ya la verás.
-¡Mamá!¡Vale ya! Diego y Nacho me dijeron que te habían visto con Rebeca en El Ángel.
Marta le miró ante la expectante mirada de su hijo, no sabía qué responder.
-Mamá, ¿es cierto?¿tú la conocías?¿qué pasa?¿por qué no va al parque?¿no quiere verme?
Iván se fue a su habitación, vio que su madre no estaba dispuesta a contestarle, Marta fue tras él y llamó a su puerta.
-Mamá, déjame, os vieron y sé que pasa algo.
-Iván, abre la puerta.
Marta, con semblante serio entró en la habitación y se dirigió a Iván.
-Iván, siéntate, por favor.
Cuando el muchacho se sentó, Marta hizo lo mismo, sentándose a su lado.
-Verás, Iván, es cierto, Rebeca y yo quedamos para tomar café. Ella no está enfadada contigo.
-¿No?¿Y por qué no va al parque?¿No quiere verme?¿Y de qué la conoces?
-Yo fui a verla a la biblioteca, me tenías preocupada y quería conocerla, es una mujer encantadora y muy luchadora.
-¿Muy luchadora? Si no la conoces.
-Lo poco que sé de ella es suficiente para ver lo fuerte que es.
-¿Qué pasa, mamá?-preguntó Iván preocupado.
-Verás, a Rebeca le gustaría mucho verte, me consta que te tiene mucho cariño pero debo decirte algo.
-¡Mamá!¿por qué te pones tan seria?
-Mira, Rebeca no está bien y va a pasar un tiempo hasta que pueda ir al parque, al menos por ahora no irá.
-¿Por qué? ¿de qué hablas?
-Rebeca…(hubo un silencio) tiene cáncer y hoy fue su primera sesión de quimioterapia.
-¡Rebeca!¡cáncer! No puede ser, mamá, ella es fuerte-dijo Iván sorprendido.
-Cariño, las mujeres fuertes también pasan por momentos difíciles, pero se pondrá bien, es una luchadora.
El muchacho agachó la cabeza, no quería que su madre le viera llorar, pero sus lágrimas comenzaron a caer y él no sabía qué decir.
-Tranquilo, se pondrá bien, es fuerte y saldrá adelante.
-Mamá, ¿dónde está ahora?
-Está bien, la dejé en su casa, necesitaba descansar. Luego me acercaré para llevarle algo de cenar.
-Mamá, quiero ir contigo, quiero verla.
-No sé si es buena idea.
-Me da igual si es buena idea, yo voy contigo.
-Bueno, haz los deberes, luego te aviso.
Marta salió de la habitación del muchacho, cerró la puerta y oyó tras de sí unos sollozos procedentes del interior; había dejado a Iván llorando pero no quiso molestarle, sabía por lo que estaba pasando y prefería dejarle solo en ese momento, sabía lo que Rebeca significaba para él. Cuando terminaron de cenar, madre e hijo salieron camino de la casa de Rebeca, Marta le había preparado un caldo casero y llevaba tortilla de patata que tanto le gustaba a Iván. Ni siquiera le molestó en llamar a la puerta, abrió con el juego de llaves que Rebeca le había dado, pensando que se encontraría aún dormida. Entraron pero Rebeca no se encontraba en el sillón ni en la cama; Marta buscó por la casa pero no estaba, justo en ese momento Rebeca entró por la puerta, estaba pálida y se fue directa al baño. Marta pensó que no los había visto pero Rebeca apenas podía articular palabra, el muchacho que estaba junto a la puerta oyó cómo la bibliotecaria vomitaba y lloraba. Iván se dejó caer, despacio, llegando a sentarse en el suelo y apoyado en la pared del baño, comenzó a llorar desconsoladamente. Marta le escuchó y fue a ver qué pasaba, no habló, le ofreció la mano a su hijo para que éste se levantara. Cuando éste se incorporó, abrazó a su madre que intentaba tranquilizarle, le secó las lágrimas y dándole un golpecito en la espalda, le habló entre susurros.
-Sé fuerte, cariño, que no nos vea así.
La cara de Iván cambió en cuanto vio cómo se abría la puerta del baño y salía Rebeca del interior muy desmejorada.
-Hola, Rebeca, ¿qué tal estás?-preguntó Iván sabiendo que no era la mejor pregunta que podía hacerle en ese momento.
-Iván-(abrazándole)-me alegro mucho de verte.
-Rebeca, ¿de dónde vienes? Sabes que necesitas descansar- le dijo Marta.
-Fui a dar un paseo y a buscar a Iván, pensé que le encontraría por el parque.
-¿Pero no estás enfadada conmigo?-preguntó el joven.
-¿Por qué debería estarlo?¿Por no reconocerme ante tus amigos? No, Iván, no estoy enfadada por ser tu secreto, si tú no quieres que me conozcan, es tu decisión.
-Sí, quiero que te conozcan, quiero que vean que tengo una amiga muy fuerte.
-¿Muy fuerte? Jovencito, Rebeca es muy guapa, también deberías decirles eso- sonrió Marta.
-Marta, no digas eso, que me pondré colorada- bromeó Rebeca.
Iván se sonrojó pero no quiso reconocer que su amiga era verdaderamente guapa además de ser fuerte.
Marta llevó a Rebeca a la cocina, allí tenía una gran mesa con cuatro sillas, las cuales dispuso para que la mujer se sentara en una de ellas para cenar. Luego madre e hijo se sentaron junto a ella para acompañarla y poco a poco Rebeca empezó a recuperar el color habitual de su cara. Cuando terminó de cenar, Marta recogió la mesa y el muchacho se fue con Rebeca al comedor para que ésta descansara junto al televisor.
-Rebeca, nosotros nos vamos, es tarde y debes estar cansada de aguantarnos.
-No digas eso ni en broma, me habéis hecho mucha compañía, gracias Marta.
-No me dés las gracias, sabes que lo hago encantada, ójala mis pacientes fueran como tú.
-Marta, ahora que lo dices, ¿a qué te dedicas?
-Soy auxiliar de enfermería, querida, pensé que te lo había contado Iván.
-No, la verdad es que no, es un chico muy reservado y yo tampoco le he preguntado nunca, ¡qué interesante!
-¿Interesante?¿tú crees? bueno, es un trabajo que me gusta, supongo que es algo que ya estoy acostumbrada a hacer, me gusta hablar con la gente y que se sientan bien, eso es todo.
-Tu trabajo tiene mucho mérito, Marta y lo sabes, no vale cualquier persona, hay que tener capacidades y ciertas aptitudes para ello.
-Sí, puede ser, Rebeca, duerme un poco-dijo Marta saliendo del comedor.
Sorprendentemente, Iván dio marcha atrás, se acercó a Rebeca y la besó en la mejilla. El muchacho no dijo nada pero Rebeca notó cómo su cuerpo temblaba, aunque no quiso hacerle sentir mal y tan solo le besó devolviéndole el beso que él le había dado. El camino a casa se les hizo largo a los dos, madre e hijo paseaban en silencio, cada uno con sus pensamientos, mirando al suelo. Cuando llegaron a casa, ambos se fueron a dormir, había sido un día muy intenso lleno de emociones y no tenían ganas de comentar nada al respecto. Los días transcurrieron lentos sin cambio alguno para Rebeca, salvo el cansancio que cada vez era más evidente en ella; no obstante, se veía con fuerzas suficientes para seguir, porque cada día, Iván se acercaba a verla, con o sin su madre y nunca le faltaba una rosa blanca que el muchacho le llevaba.

-Cambia la rosa del jarrón, Iván- solía decirle con una ligera sonrisa al verle entrar con la flor en la mano.
Iván hacía todo lo que Rebeca le pedía: le traía la compra, su bata, la comida, le daba el mando de la tele….todo se le hacía poco para contentar a su amiga. Una mañana, Iván se levantó algo más apagado que de costumbre, él se había acostumbrado a contarle a su amiga todo aquello que le preocupaba, pero en esta ocasión, sabía que no podía hacerlo. El muchacho tenía miedo de que algo grave le pasara, sentía pavor por perder a su amiga, se daba cuenta del cariño que la estaba cogiendo y no le parecía justo que pudiera pasarle nada a alguien como ella, tan especial para él. Iván esa mañana no pasó por la cocina, ni tan siquiera se despidió de su madre, salió más temprano de lo habitual y fue directo al parque. Se sentó en el banco de siempre, miró a su alrededor y solo vio pasar a dos hombres que hacían footing e iban hablando entre ellos. No pasaron más de veinte minutos cuando el banco se llenó de palomas, todas ellas cabizbajas, mirando al suelo. Alguna revoloteaba un poco más alejada, sobre un pedazo de pan, picoteando de vez en cuando queriendo desmigajar la parte más blanda.
Iván miró de nuevo a su alrededor y cuando se hubo asegurado de que no había nadie, rompió a llorar.
-Muchacho, ¿no crees que es muy pronto para que me ensucies el suelo del parque?- le preguntó una voz.
-¿Ensuciar?-Iván se limpió las lágrimas-Señor, las lágrimas no ensucian.
-Lo sé, joven y por lo que veo, ni con eso te saco una sonrisa.
Iván intentó hacer una mueca, ante la mirada atenta de aquel hombre pero no lo consiguió.
-Sólo he venido un momento, tengo que irme al instituto.
-No hay prisa, muchacho, yo tengo aquí toda la mañana, me harías compañía si te quedas- El hombre le guiñó un ojo y siguió barriendo con la gran escoba que sujetaba con sus manos.
-No puedo quedarme, tengo que irme, si faltara, mi madre me castigaría.
-Lo sé, muchacho, no me hagas caso, soy un bromista. Por cierto, ¿qué te pasaba para que estuvieras llorando así?
-Nada, tengo una amiga que está enferma.
-Bueno, todos nos ponemos malos alguna vez, tu amiga se pondrá bien- el dijo el hombre para animarle.
-No, no es ese tipo de enfermedad, ésta es de las malas, de las que se pasa mal de verdad.
-Muchacho, me estás asustando, ¿qué tiene tu amiga?
-No sé si decírselo, no le conozco de nada, no hablo con desconocidos.
-Tienes razón, me presento, mi nombre es Sebastián.
El simpático barrendero hizo una reverencia ante el muchacho, que no pudo evitar reírse.
-¿Sebastián? Pues vaya nombre más largo.
-Sí, la verdad es que sí, vaya con mi madre el nombre que fue a ponerme, no lo había pensado; verás, mejor llámame Basti, así me llaman mis amigos. Iván volvió a sonreírle, le miraba atento, expectante, intentando averiguar cómo era el hombre con el que estaba conversando, empezaba a gustarle hablar con él.
-¿Y por qué Basti y no Sebas?-preguntó el chico.
-Porque Sebas hay muchos, pero Basti no, ¿o conoces algún Basti? Porque si es así, me quito el nombre-le dijo Basti sonriendo.
-No, nunca he oído a nadie llamarse así- Iván se echó a reír.
-Ya veo, pues ya puedes decir que tienes un amigo que se llama Basti, vas a ser la sensación de clase.
– Tu nombre es muy raro, nunca he oído a nadie que se llame así.
– Muchacho, soy único, lo más parecido a mi nombre es Bastián, ¿recuerdas?
-No, ¿quién es?- preguntó Iván extrañado.
– ¿Que no sabes quién es Bastián? ¿Te suena el nombre Atreyu?
– Sí, claro, ah, ya, Bastián era el niño de La Historia Interminable, ahora me acuerdo.
– Exacto, muchacho, veo que te la has leído.
– Bueno, no exactamente. He visto la película, el libro no lo he leído.
– Pues deberías, el libro nunca es igual que la película. Además un libro te permite ir percibiendo cada detalle que vas leyendo y te va situando en la época, el sitio y el momento de la lectura.
– Nunca lo había pensado, a mí los libros tan gordos me aburren y me veo la película.
– Házme un favor y léete el libro, seguro que en la biblioteca lo tienen, no creo que este libro pueda cansarte, tiene algo que otros libros no tienen.
– ¿Y qué es?- preguntó Iván sorprendido.
– Te lo diré cuando te lo hayas leído, hay algo mágico que te hará continuar hasta el final.
– Tengo que irme, es tarde y me van a cerrar el instituto, si se entera mi madre me castigará sin salir y no puedo quedarme en casa.
Iván salió corriendo después de despedirse de su nuevo amigo, éste se quedó mirando en la dirección en la que el muchacho corría, iba casi sin aliento y su mochila se movía golpeando su espalda. Cuando llegó a la puerta, la Señora Marian se disponía a cerrarla, pero él rápidamente puso el pie evitando que ésta se cerrara.
-Vamos, joven, llegas tarde, anda, pasa- le dijo la mujer, de carácter malhumorado y distante.
Iván pudo llegar a su hora a clase, aunque de poco le sirvió estar en ella porque no prestó atención en el tiempo que éstas duraron. Cuando sonó el timbre del recreo ni siquiera se dio cuenta y tuvo que ser su amigo Diego el que le avisara de que ya era la hora. Iván, que era muy curioso, no dejaba de pensar en las últimas palabras que le había dicho su nuevo amigo Basti y sentía curiosidad por saber qué misterio guardaba ese libro para ser tan especial. Cuando llegó la hora de marcharse a casa, Iván cogió su mochila y salió más deprisa que el resto de sus compañeros, de los que no se despidió; bajó calle abajo hasta llegar a su casa y fue directo a la cocina. Marta le esperaba como cada tarde para prepararle su bocadillo, Iván le contó alguna travesura del instituto, algo que le habían contado después, porque él había estado ausente en sus pensamientos.
Cuando Iván merendó, se despidió de su madre y se dirigió a la biblioteca.
Fue al pasillo donde se encontraban los libros de ficción y comenzó a buscar en voz baja.
-C, d, f… la historia…¡aquí! “La Historia Interminable”, lo tengo- dijo alzando la voz.
Justo cuando se disponía a salir, oyó una voz que le llamaba.
-¡Eh, joven!
Iván volvió la cabeza y vio a unos pasos de él a la compañera de Rebeca, que gesticulaba con la mano para que el muchacho se parara.
Éste paró nada más verla y levantó el libro.
-Bien, llévatelo, ahora lo apunto. ¿Qué tal está Rebeca?
Iván se sorprendió por la pregunta de la mujer. Él desconocía que ella supiera de su amistad con Rebeca.
-Hoy no la he visto pero no muy bien-dijo el muchacho apenado.
-Tranquilo, es una mujer fuerte, se pondrá bien, verás cómo dentro de unos días volverás a verla en el parque.
Iván no esperaba esa contestación, quizás porque no imaginaba que Rebeca tuviera tanta amistad con su compañera como para contarle que la veía en el parque. Se despidió de la bibliotecaria y fue calle abajo, a la casa de Rebeca, llamó varias veces y se fue al ver que nadie contestaba. Entró en casa pero Marta no estaba, aunque a Iván esto no le sorprendió porque su madre solía salir por las tardes a pasear o a comprar cuando no tenía que trabajar en el hospital.
El joven se descalzó y se tumbó en la cama, abrió el libro y comenzó a leer, eran las seis y media de la tarde y aún tenía tiempo de hacer los deberes. Las horas pasaban e Iván seguía concentrado en la lectura de aquél libro, inmerso en dos mundos paralelos que le tenían completamente absorto en pensamientos que se distanciaban de toda realidad. De pronto, el sonido de la puerta, le hizo volver a su vida de nuevo, cerró el libro, dejando en la página que acababa de leer, un marca-páginas que Rebeca le había regalado.
-Mamá, ¿eres tú?- dijo en voz alta.
-Sí, cariño, ya estoy en casa.
Marta se dirigió a la cocina a dejar unas bolsas con comida que acababa de comprar. Iván miró el reloj, las nueve menos cuarto, era ya casi la hora de cenar y no había hecho aún los deberes. Le quedaban apenas diez páginas del libro para terminarlo, era increíble que se lo hubiera leído casi por completo en una sola tarde. Fue a la cocina a ver a su madre y la ayudó a vaciar las bolsas, ésta le preguntó qué había estado haciendo pero Iván no comentó nada sobre el libro.
-Nada, estuve leyendo para un trabajo del instituto y me faltan los deberes, enseguida los termino.
-Está bien, no tardes, mientras iré a casa de Rebeca, voy a llevarle algunas cosas que le he comprado de comer.
-Mamá, fui a su casa sobre las seis de la tarde y no estaba, puede que saliera a comprar, llámala antes de ir por si no está.
-¿No estaba? ¡Qué raro! Bien, voy a llamarla.
Marta marcó el número de teléfono de Rebeca, esperó a que sonara varias veces y después colgó preocupada de que aún no estuviera en casa.
Sabía que Rebeca no se encontraba bien, cierto es que le venía muy bien salir y despejarse, pero tanto tiempo no era muy normal, ya habían pasado más de tres horas desde que Iván la llamó a casa.
-Iván, quédate aquí, ve haciendo los deberes, le llevo esta bolsa a Rebeca y vuelvo.
-Pero mamá, si no te ha cogido el teléfono, no está en casa.
-Iván, haz los deberes, por favor, no tardaré.
Marta no quería hacerle ver que estaba muy preocupada por su nueva amiga, pero era evidente que sus nervios la delataban. Él no quería que se enfadara, se fue a su habitación y cerró la puerta, pero seguía pensando en Rebeca, en lo raro de que no cogiera el teléfono. Marta llegó ante la puerta de Rebeca, se quedó mirando un instante, llamó el timbre y nadie le abrió, esperó de nuevo, volvió a llamar e hizo lo mismo dos veces más. Al ver que su amiga no respondía, Marta sacó su llave del bolso y abrió la puerta, todo estaba en silencio y apenas se podía ver dada la hora que era. Se dirigió al salón buscando algo que le hiciera saber qué pasaba, fue a la habitación y no encontró nada, salvo que la cama estaba deshecha. Marta comenzó a preocuparse, se asomó a la cocina, había un plato y un vaso con un tenedor, todo sin lavar, dentro del fregadero, pensó que eso no era propio de su amiga, a pesar de lo poco que la conocía. Pensó en asomarse al baño, pero casi lo dio por visto, no imaginaba que pudiera estar allí, sino habría oído su voz, algún ruido… pero el silencio era absoluto. Estaba tan nerviosa, que decidió finalmente acercarse al baño, sólo por curiosidad, pensando que era absurdo que estuviera allí. Encontró la puerta cerrada y al intentar abrirla, vió que era casi imposible, una fuerza inquietante le impedía acceder al interior. Empujó, primero despacio, luego utilizando algo más de fuerza, la puerta que se resistía a abrirse. Cuando por fin la puerta la abrió, eso sí, empujando con las dos manos, comprobó que la puerta hacia tope y ya no se podía abrir más. Detrás de la puerta estaba la bañera, pero Marta sabía que entre medias había un espacio que aún faltaba por abrir. Asomó la cabeza y pudo comprobar que lo que obstaculizaba el paso al baño era el propio cuerpo de Rebeca tumbado en el suelo, encogido por el sitio reducido en el que se encontraba.
-¡Rebeca!¡Rebeca!¿estás bien?¡Por el amor de Dios!¿qué te ha pasado?
Marta temblaba de miedo, de impotencia, de sorpresa, nunca hubiera imaginado encontrarse a Rebeca así.
De pronto sonó el teléfono móvil de Marta y lo cogió apresuradamente, sin mirar tan siquiera quién le llamaba.
-Mamá, ¿estaba Rebeca en casa?- preguntó Iván preocupado.
-Oh, sí, tranquilo, hijo, está aquí, pero no puede ponerse, se está duchando.
-Bien, sólo quería saber que estaba bien.
-Sí, sí, todo bien, no te preocupes, enseguida voy, esperaré a que se duche.
Marta no quiso contarle lo sucedido a Iván para que éste no se asustara, ayudó a su amiga a levantarse, eso sí, con mucho esfuerzo. Tuvo que coger una silla de escritorio con ruedas, que Rebeca tenía en su habitación y la llevó para poder con su cuerpo y así llevarla hasta la cama. Cuando consiguió tumbarla y arroparla, hizo varios intentos de despertarla, pero le fue en vano. Sus ojos estaban hinchados de haber llorado y su cabello despeinado, estaba en pijama y por lo que Marta supuso, Rebeca debió pasar mala noche. Cayó de alguna forma al suelo, o puede que su intención fuera ducharse y resbaló, pero eso no lo sabría hasta que ella no despertara. Marta se sentó junto a la cama, en la silla en la que había traído hasta la cama a su amiga, ladeó la cabeza sobre el hombro y cerró los ojos. No pasaron más de cuatro minutos cuando Rebeca se despertó, movía la cabeza y se le notaba bastante aturdida.
-¿Marta, Marta, eres tú?- preguntó algo confusa.
-Sí, Rebeca, ¿qué tal estás? ¿qué ha pasado?
– No recuerdo muy bien, sé que iba a ducharme, todo comenzó a darme vueltas y caí, intenté levantarme pero no podía y ya no sé qué más pasó. ¿Quién me ha traído aquí?
-Te traje yo, pensé que estarías más cómoda que allí tumbada en el suelo, ¿acerté?-le dijo Marta provocando en Rebeca una leve sonrisa.
-Gracias, Marta, si no es por ti, aún seguiría allí.
-Rebeca, no estás bien, quiero que descanses, mañana antes de irme a trabajar me pasaré para dejarte comida, pero no quiero que te levantes para nada.
-Pero Marta, si necesito ir al baño tendré que levantarme.
-Bien, pues te llevas el móvil y si te vuelve a pasar me llamas, aunque creas que es una tontería, me llamas. Rebeca asintió y se dio media vuelta, estaba agotada de haber pasado horas en el suelo frío del baño. Marta tenía razón, Rebeca no estaba bien y ella no iba a hacerse la fuerte después de lo ocurrido. Cuando Rebeca se quedó dormida, Marta se fue a casa, eran ya las diez de la noche y aún tenía que hacerle la cena a Iván.
-Iván, cariño, ya estoy en casa-dijo cerrando la puerta.
Se dirigió a la cocina y vio que Iván había pedido una pizza de jamón y queso, Marta sonrió al verlo.
-Mamá, ¿te gusta la sorpresa?
-Sí, cariño, claro que me gusta, pero ¿de dónde has sacado el dinero para pagarle al repartidor?
-Tenía dinero ahorrado de la paga de los domingos.
-Toma, te hará falta- le dijo estirando la mano con un billete de veinte euros que había sacado de su bolso.
-No, mamá, a esto invito yo, guárdatelo, no me hace falta. ¿Rebeca está bien?
-Sí, se quedó durmiendo cuando yo me fui.
Marta no quería asustar al muchacho, por lo que no le contó nada de lo sucedido, no quería que sufriera. Se comieron la pizza y ambos se fueron a sus respectivas habitaciones, ya que al día siguiente había que madrugar y estaban cansados, el día había sido largo y duro. El día amaneció soleado y el muchacho se levantó con una sonrisa en la cara, se despertó media hora más pronto, ya que tenía intención de terminarse el libro antes de irse al instituto. Cuando se lo leyó, lo primero que hizo fue acercarse a la biblioteca a devolverlo. Buscó a Marian; ésta se encontraba al final del pasillo, junto a unos estudiantes que leían sigilosamente.
-Jovencito, ¿a qué se debe esta visita a estas horas? ¿no es muy pronto?
-Bueno, vengo a devolver este libro.
-Pero muchacho, si te lo llevaste ayer, ¿es que no te gusta?
-Sí, sí, me ha gustado mucho, por eso me lo leí entero.
-¿Ayer? ¿en un solo día? Vaya, me sorprendes.
-Bueno, la verdad es que lo terminé hoy.
-Eso está muy bien. ¿Vas a llevarte otro?
-No, de momento no, además mañana tengo un exámen y tendré que estudiar en cuanto llegue a casa.
-Bien, estudia, ya vendrás a por más, con más tiempo.
Iván se marchó, tenía que entrar en el instituto y no quería llegar tarde. Pasó por delante de la casa de Rebeca, pero no se podía parar a verla, pensó que lo haría después de clase; miró hacia su puerta y vio salir a alguien a quien no esperaba ver allí. Era Basti, que cerraba la puerta tras de sí y marchaba en dirección al parque, a Iván le hubiera gustado preguntarle qué hacía allí pero se le hacía tarde, no podía detenerse. Pasó la mañana pensando en Basti, todo era muy confuso e Iván no entendía qué hacía Basti allí. A la salida se fue sin esperar a nadie, ni siquiera Diego que le esperaba en la puerta de entrada al patio le vio pasar. Iván se apresuró a llegar a casa para dejar la mochila y coger su bocadillo.
Nada más entrar, soltó los libros en el suelo y fue a la cocina donde le esperaba su madre con la merienda.
-Hola, cariño, ¿qué tal te fueron las clases?
-Hola, mamá, bien, me llevo el bocata, tengo que irme, adiós mamá- dijo Iván a su madre saliendo por la puerta.
– Este chico no cambiará- dijo Marta en voz baja.
Iván iba comiendo el bocadillo mientras andaba a paso ligero, tenía ganas de llegar al parque, quería ver a su nuevo amigo Basti. Se sentó en un banco cercano al banco en el que se había sentado la vez anterior, ya que ése estaba ocupado por una pareja de ancianos que echaban migas de pan a las palomas que se acercaban. El joven observaba todo lo que le rodeaba, derecha, izquierda, al frente, detrás… pero Basti no aparecía. Pasada una hora, Iván se levantó y se acercó a casa de Rebeca, quería saber si se encontraba bien.
El muchacho echaba de menos las tardes en las que su amiga le contaba historias curiosas que a él le gustaba escuchar. Nunca lo reconocería, porque Iván no era un chico que exteriorizara sus sentimientos. Llamó a la puerta y esta vez tuvo suerte, enseguida le abrió la mujer y le hizo pasar al salón. Iván la miró, algo sorprendido de que dadas las horas que eran aún estuviera en bata, no era propio de ella. Estaba despeinada, tenía los ojos hinchados de no haber dormido bien y su aspecto desmejorado empezó a preocuparle al muchacho.
-Rebeca, ¿estás bien?
-Sí, cariño, claro que lo estoy, ¿no se ve en mi cara?
-Por eso, por la cara que tienes te lo pregunto, no tienes buen aspecto, ni siquiera te has quitado la bata y mira qué pelos tienes.
-Eh, jovencito, respeta a tus mayores- dijo Rebeca con tono sarcástico.
-¿Quieres que luego te traiga algo para cenar?
-Ya he hablado con tu madre, luego se pasará a verme, le dije que no hacía falta pero ha insistido, tienes una madre muy testaruda.
-Lo sé- dijo el muchacho sonriendo.
-¿Quieres tomar algo?¿o comer algo?¿has merendado?-preguntó Rebeca.
-No, no quiero nada, gracias, me he comido un bocadillo hace un rato.
Iván no sabía cómo preguntarle por la visita de Basti, estaba convencido de que había salido de su casa, él le vió, pero no se atrevía a decir nada.
-Me ha preguntado Marian por tí.
-¡Oh, Marian!, estará liadísima, ahora ella sola tendrá que ocuparse de más cosas, mañana me pasaré por allí a verla.
-Yo no la ví tan liada, de hecho no estaba haciendo nada cuando llegué, no hace falta que vayas si no te encuentras bien.
Rebeca notó que su amigo estaba algo tenso ante el comentario que acababa de hacerle.
-¿Hay algo que yo no sepa? Tengo la sensación de que Marian no te cae muy bien.
-Y así es, es una persona muy desagradable, me mira de arriba abajo cuando voy y se extraña de que coja un libro.
-¿Cogíste un libro? Pero eso está muy bien, ¿para algún trabajo de clase?
-¿Ves? A ti también te sorprende que coja un libro porque sí, ¿es que no puedo coger un libro para leérmelo sin que me lo manden de clase?
-Sí, por supuesto que sí, pero no te enfades, ¿puedo saber qué libro has cogido?
-“La Historia Interminable”, la había visto en película, pero no la había leído.
-Buena elección, verás cómo te gusta, es muy interesante, tendrás que ir adentrándote en dos mundos paralelos, el de un muchacho que como tú, va al instituto y la historia que va leyendo a lo largo del propio libro, a mí me fascinó.
-¿Tú has leído el libro? Bueno, qué tontería, claro que lo has leído, trabajas en la biblioteca.
-Iván, eso no es motivo para haberme leído el libro, lo leí hace muchos años, creo recordar que hasta te lo comenté un día en el parque.
-No lo recuerdo, el libro ya me lo leí ayer, me dijeron que era más emocionante que ver la película.
-Vaya, un muchacho curioso, ya veo que te pudieron las ganas por comprobar si era cierto lo que te dijeron.
De repente, se oyó un ruido que procedía del pasillo, el sonido de una cerradura y unas llaves asustó al muchacho que rápidamente se puso en pie. Rebeca no pareció asustarse, es más, enseguida supuso quién podría ser y miró serenamente hacia la puerta.
-¿Eres tú, Basti?-preguntó.
Los ojos de Iván se abrieron como platos en cuanto pronunció aquel nombre.
No podía ser, Rebeca acababa de llamar a su nuevo amigo, el mismo que le aconsejó leer el libro y al que vió salir de casa de Rebeca.
-Sí, Rebeca, soy yo.
Basti apareció en la puerta del salón con una bolsa de deportes en la mano, se quedó mirando al muchacho y le sonrió.
-Vaya, Iván, qué grata sorpresa, ¿qué haces tú aquí?
-Yo, yo…- el chico no puedo mediar palabra, no sabía qué decir.
-Iván, no me habías dicho que conocías a Basti.
-Yo no sabía que tú le conocieras, no sabía que tuvieras novio-dijo el muchacho avergonzado.
Rebeca se rió, miró a Basti y éste no pudo evitar reírse también.
-No es mi novio, Iván, es mi hermano, Sebastián, o mejor dicho Basti, al que veo que no hace falta que te presente, ya os conocéis.
-Sí, así es, ya nos conocemos-dijo Basti.
-¿Y puedo saber cómo os habéis conocido?-preguntó Rebeca.
-El muchacho estaba triste sentado en un banco del parque, por la zona donde yo siempre suelo estar, cuando me acerqué, me contó que tiene una amiga que está enferma y que por eso… por eso….-Basti se calló mirando a Iván.
-¿Qué pasa, Basti?-le preguntó su hermana un tanto confusa.
-Por eso estaba triste, pero Iván, esa amiga tuya…-dijo Basti.
-¡Nada, esa amiga nada!, Rebeca, me voy, si te hace falta algo llámame.
-Pero Iván, ¿qué te pasa?-preguntó Rebeca sin entender nada.
-Está claro, hermanita, esa amiga por la que Iván está triste eres tú.
Iván se sonrojó, por un momento no sabía qué hacer, miró a Basti intentando encontrar parecido con Rebeca pero no se lo vio.
Basti era un hombre fortachón, mayor que Rebeca, con la voz grave y de pelo canoso, nada que ver con la dulce Rebeca, delgada, de manos finas y voz melodiosa, no podía creer que fueran hermanos, pero así era.
-Bueno, tengo que irme-dijo Iván.
-Iván, dile a tu madre que no hace falta que venga, esta noche me quedaré a dormir aquí para cuidar de Rebeca; ya bastante nos ha ayudado.
-¿Vas a dormir aquí?
-Claro que sí, ¿hay algún problema?
-No, pero yo mañana tengo que ir a trabajar.
-Mañana iré a la biblioteca y le diré a Marian que no puedes incorporarte aún, que no te encuentras bien, ella lo entenderá, ¡leches, que ha sido tu cuñada!, lo entenderá.
-¿Tu cuñada?-preguntó Iván sorprendido.
-Ah, sí, no te lo había dicho, Marian estuvo casada con Basti, ya están separados pero se aguantan, poco, pero se aguantan-dijo Rebeca sonriendo.
-¿Sabes lo que pasa, muchacho? No es mala mujer, pero es muy cabezota y tiene mucho genio.
-Te creo, te creo, cuando me mira a los ojos me pone muy nervioso.
Basti no pudo evitar echarse a reír al escuchar a Iván decirle aquello.
-Bueno, tengo que irme, mi madre se extrañará de que llegue tan tarde, es casi la hora de cenar.
-Pásate mañana a vernos, ¿vale?, puedes comer con nosotros.
-Vale, se lo diré a mi madre.
-Bien, te esperaremos y por tu madre no te preocupes, yo la llamo ahora-le dijo Rebeca sonriente. Iván se marchó contento a casa sabiendo que al día siguiente comería con Rebeca y con el hermano de ésta. Cuando llegó, lo primero que hizo fue dirigirse al salón en busca de Marta, ésta estaba viendo un concurso de la televisión. Iván quiso hablarle de la invitación de su amiga Rebeca, pero Marta se adelantó.
-Por lo visto, mañana tienes una cita con tus nuevos amigos, ¿no es así, jovencito?-le miró Marta sonriente.
-Ya veo que te lo han contado, podían haber esperado a que yo te lo contara primero.
-No te enfades, lo hicieron con la mejor intención, esa chica te tiene mucho cariño.
-¡Qué tontería!¿por qué dices eso?-preguntó Iván quitándole importancia.
-A veces no hace falta que nadie diga las cosas para verlas, eso se nota, Rebeca habla maravillas de ti.
-Bueno, trabaja en la biblioteca, cualquier niño le caerá bien, ¿sabes que van colegios enteros a visitarla?
-Sí, lo sé, pero eso no significa que todos le caigan bien ni que se encariñe con todos.
-No se ha encariñado conmigo-dijo Iván algo molesto.
-¿Tan grave es que esa mujer te aprecie, hijo?
-No, supongo que no- dijo Iván agachando la cabeza algo avergonzado por su actitud.
– Voy a hacer la cena, ya va siendo hora-dijo Marta incorporándose en el sillón en el que estaba recostada.
Ambos cenaron y después de ver durante un rato la televisión, se fueron a sus respectivas habitaciones. El día amaneció nublado y a pesar de estar en primavera, la temperatura era algo fría y fuera apenas había luz. A Iván le costó mucho levantarse de la cama, era bastante perezoso en días tan tristes y solía taparse entre las sábanas para que la poca claridad que había no llegara a sus ojos. Marta tuvo que entrar por dos veces en la habitación a despertarle y la segunda vez lo hizo de forma algo más ruidosa que la anterior.
-¡Despierta, Iván, vas a llegar tarde!
-¡Ya voy, pesada, ya voy!-dijo Iván de mala gana.
Marta al ver que seguía sin moverse, tiró de las sábanas arrastrando al muchacho al suelo, hasta que quedó completamente estirado en la alfombra que cubría el lado de la cama.
-¡Ay!, jo, mamá, qué daño, déjame dormir un poco más.
-¡Exagerado! si has caído sobre la colcha, levántate ya.
-Ya voy, ya voy.
Cuando por fin Iván se levantó, se vistió y desayunó, cogió su mochila y se despidió de Marta para irse al instituto. Marta sabía que Iván estaba nervioso, deseaba ir a comer a casa de Rebeca y la mañana se le haría larga. Llegó a clase y su primera asignatura fue matemáticas, algo que no le gustaba mucho pero que por ser un día tan especial, podía soportar de mejor grado. Mientras, en casa de Marta, las cosas estaban tranquilas, se estaba terminando de poner la chaqueta cuando sonó el teléfono.
-¿Sí, dígame?-preguntó Marta, que no reconoció el número del que la llamaban.
-¿Marta?¿Marta? Soy Basti, el hermano de Rebeca, ¿te pillo en mal momento?-preguntó algo alterado.
-Bueno, me disponía a salir, voy al trabajo, ¿sucede algo?
-Disculpa mi intromisión, pero ¿no trabajas en el hospital?
-Sí, sí, pero…bueno, supongo que te lo ha comentado Rebeca.
-No tengo mucho tiempo; Rebeca me pidió que te llamara si sucedía algo, estamos en el hospital, te espero aquí entonces.
-¿En el hospital?¡Basti, ¿qué ha pasado?!- preguntó Marta un tanto nerviosa.
-Verás, Rebeca…es Rebeca, no sé qué le pasa, estábamos a punto de irnos a dormir y ella, ella se desplomó, tuve que llamar a una ambulancia.
-Pero Basti, ¿de iros a dormir?¿pasó anoche y no me llamaste?
-Marta, yo no sabía qué hacer, estaba asustado y fue aquí en el hospital cuando Rebeca me dijo que te llamara, tu teléfono lo encontré en su bolso-dijo Basti.
-¡Voy para allá!, ahora te veo-Marta colgó sin darle tiempo a Basti a despedirse de ella.
Basti fue a la sala de espera a sentarse un poco, aunque estaba tan nervioso que apenas duró en aquella silla. Se levantó, dio vueltas por la sala y cada médico o persona que veía con bata blanca, se paraba a preguntarle. Una de las enfermeras tuvo que pedirle que se tranquilizara, le llevó al otro lado de la sala y le pidió que se sentara, que ya le avisaría si se enteraba de algo. Marta llegó a las nueve menos cuarto y fue directa al mostrador de atención al cliente para preguntar por su amiga.
-Buenos días, Elena, ¿podrías decirme si está ingresada una tal Rebeca?
-Marta, necesito saber el apellido, sabes que si no es muy difícil saberlo.
-No sé su apellido, pero mira a ver en los enfermos de cáncer, la ingresaron anoche, pero no sé la hora.
-Sandra, Carmen, Esther, Rebeca…. Aquí hay una, bueno, la única Rebeca, sí, aquí está, ingresó a las doce y media de la madrugada, pero no dejan entrar a nadie, está muy mal, ¿la conoces mucho?
-Lo suficiente para saber que no se lo merece.
Por un momento, Marta no sabía qué hacer, tampoco sabía cómo era el hermano de Rebeca y la sala estaba llena de gente, era difícil averiguar quién podía ser.
-¡¡FAMILIARES DE REBECA GÓMEZ, acudan a recepción!!-gritaron por megafonía. El hombre fortachón del fondo de la sala, se levantó y se dirigió al mostrador para informarse, Marta le observó y se quedó escuchando.
-Soy hermano de Rebeca Gómez, dígame, ¿cómo está?
-Su hermana está muy débil, ha perdido mucha sangre, vamos a dejarla en observación.
-Marta se levantó y se dirigió a Basti, cuando éste terminó de hablar con la enfermera.
-Perdone, ¿es usted hermano de Rebeca?
-Sí, señora, Sebastián, pero llámeme Basti, ¿la conozco?
-No personalmente, soy Marta, amiga de Rebeca.
-¡Oh, Marta! Claro, debí imaginarlo, encantado-dijo Basti estrechando su mano.
-Acabo de oírle, cuidaré que no le falte de nada-dijo Marta.
-Por favor, no me hables de usted, te lo agradezco, Marta.
La mujer fue a cambiarse, ya estaba en su horario laboral y debía atender a los pacientes. Basti estaba confuso, no sabía si quedarse, la cosa se iba a alargar y aunque en su trabajo sabían lo sucedido, él no hacía nada allí parado, no podía entrar y quedarse quieto le consumía aún más. Decidió dejarle su número a Marta y a la señorita de recepción por si pasaba algo. A lo largo de la mañana, no tuvo ninguna llamada, algo que le preocupó hasta tal punto que llamó a Marta tres veces para comprobar que todo estaba igual. Basti estaba tan inmerso en la situación de su hermana que no se acordó en ningún momento de Iván. El muchacho salió del instituto y fue a casa de Rebeca a comer, tal y como había hablado con su madre. Llamó varias veces, pero fue inútil, nadie contestó; justo cuando iba calle abajo hacia su casa se encontró con Basti.
-Hombre, Iván, tú por aquí, ¿qué tal, muchacho?
-¿Que qué tal? Fui a casa de Rebeca, me habíais invitado a comer y no había nadie, me voy a comer a casa-dijo Iván enfadado.
-Iván, espera, tu madre no está en casa, vamos, te invito a pizza y te cuento.
-¿Por qué no está mi madre en casa?
-Te lo contaré en casa, pero no te preocupes que tu madre está bien, sólo que vendrá más tarde.
Los dos amigos fueron a casa de Rebeca y pidieron una pizza, Basti le contó lo sucedido al muchacho mientras esperaban e Iván se quedó triste después de escucharle. Una vez acabaron de comer la pizza, Iván quiso ir a ver a Rebeca, algo que aunque Basti entendía, no podía permitir porque no sabía en qué estado se encontraba su hermana.
-Haremos una cosa, ahora te irás al instituto y a la salida te espero para ir juntos a ver a Rebeca, ¿te parece bien la idea?
Iván dudó un momento, pero como no quería discutirlo dada la situación, asintió y se levantó para coger su mochila.
-Vamos, muchacho, sonríe un poco, Rebeca es fuerte y pronto estará en casa-intentó animarle Basti.
-Pero no te olvides de venir a buscarme, ¿sabes dónde está mi instituto?
-¿Lo dudas? Rebeca no ha dejado de contarme cosas sobre ti, claro que sé cuál es tu instituto, seré puntual, no te preocupes, además si no tienes inconveniente me gustaría acompañarte, así me dará un poco el aire. En realidad, Basti quería acompañarle para que el chico no fuera sólo, ya que le notaba bastante decaído.
-Vale, vamos, así luego no te pierdes para venir a buscarme, pero que no se te olvide.
-¡Cuántas veces me lo vas a repetir! jajajaja, entiendo tu impaciencia, pero verás cómo se te pasa rápido este tiempo, son sólo dos horas y estaré de vuelta contigo.
Los dos amigos fueron hablando por el camino y se despidieron en la puerta del instituto; enseguida acudieron Diego y Nacho a preguntarle quién era el hombre que estaba con él. Iván, como si de un héroe se tratara, estuvo hablándoles de Basti hasta que llegaron a la puerta de clase y se dispersaron para sentarse en sus respectivas mesas. Basti volvió al hospital y buscó en la sala a Marta para saber qué tal estaba su hermana, ni rastro de ella; se acercó al mostrador de recepción y la señorita ya no era la misma de por la mañana, seguramente por el cambio de turno.
-Disculpe, ¿podría informarme sobre Rebeca Gómez?, está ingresada desde anoche.
-Perdón, caballero, es usted algún familiar de la paciente?
-Claro, por eso le pregunto, ¿dónde está ella?
-Espere un momento y ahora se lo miro-dijo poniéndose al teléfono; la recepcionista entablaba una conversación con algún conocido en la que se reían y no dejaban de hablar.
-¡Perdone!¡Perdone! Lo que le estoy preguntando es una urgencia y no creo que su trabajo sea de risa, ni mi hermana está aquí ingresada por nada gracioso, ¡haga el favor de escucharme!-Basti comenzaba a perder los nervios ante la tranquilidad y la pasividad de la señorita.
-¡Eh, amigo!, ¿no ve que estoy hablando? ¡compórtese!
Basti comenzaba a perder la calma y justo cuando se dirigía a pasar al otro lado del mostrador, se acercó Marta, agarrándole por el brazo.
-Basti, por favor, cálmate-le rogó Marta.
-Pero Marta, ¿no ves que se está riendo de mí?, le acabo de preguntar por Rebeca y ha pasado de mí.
-Ya veo, Ester, por favor, haz el favor de acabar la conversación.
-Sí, sí, voy enseguida-dijo dirigiéndose a la persona que había al otro lado del teléfono-Mario, ya hablaremos, tengo que dejarte, adiós.
-Ester, que no nos molesten, estaré en el despacho con el señor Gómez-le pidió Marta a la recepcionista al tiempo que tiraba del brazo de Basti.
-¿Marta?¿Qué pasa?
-Siéntate, por favor, debo decirte algo.
Marta tenía la cara descompuesta, como si hubiera pasado una mala noche, sus ojos eran señal de haber llorado y sus manos temblaban. Basti se sentó sin dejar de observarla, quería preguntarla pero algo intuía ya y temía acertar si hablaba; esperó a que lo hiciera ella.
-Basti, yo…-Marta cogió las manos del hombre.
-Marta, es Rebeca, ¿verdad?¿ha empeorado?
-Rebeca, Becky…ha muerto-dijo echándose a llorar.
-¿Muerto?¿Rebeca? No puede ser, Rebeca es muy fuerte, es imposible.
-Basti, lo siento, estuve con ella todo el tiempo, tenía muy mala cara, ni siquiera se quejó, estaba muy débil, cerró los ojos y sus manos se quedaron frías, esa maldita máquina empezó a descontrolarse, sus pulsaciones… sus latidos dejaron de oírse, yo, yo… Basti, lo siento.
-Marta, tú no tienes la culpa-dijo secándose las lágrimas.
-Pero yo estaba ahí y no pude hacer nada para que se quedara, murió en mis manos.
-Vaya, te tendría que consolar yo a ti, no tú a mí-dijo Marta sintiéndose culpable.
-Marta, sé que lo sientes tanto como yo, ¡Oh, no! No me acordaba, tengo que ir a por Iván, he quedado con él para venir a ver a Rebeca, ¿cómo se lo voy a decir?
-¿Quieres que vaya yo?-preguntó Marta.
-Creo que será mejor que vaya yo, he quedado con él y si te ve a ti se extrañará.
-¡Pero tendrás que decírselo!
-Sí, pero con tacto. Marta, déjame que me lleve a Iván y se lo diga.
-De acuerdo, lo dejo en tus manos.
-¿Dónde está Rebeca ahora?
-Luego la trasladan al tanatorio, está cerca de aquí, mañana la entierran, ahora no nos dejan verla.
-Marta, no puedo creer que haya pasado esto, a Rebeca, mi Rebeca-Basti se echó las manos a la cabeza y no pudo evitar echarse a llorar de nuevo.
-No estás en condiciones de ir a por Iván, deja que lo haga yo.
-No, Marta, le prometí que iría y voy a ir.
-Como quieras, si necesitas algo estaré en casa, voy a ducharme, luego iré al tanatorio, pasaré allí la noche-dijo Marta.
-No hace falta que pases allí la noche.
-Sí hace falta, claro que hace falta- dijo Marta algo alterada.
-Está bien, no te haré cambiar de idea, pero cálmate-dijo sonriéndole algo forzado para tranquilizarla.
-Nos vemos luego, suerte con Iván-concluyó Marta.
La mujer salió del hospital camino de su casa y Basti se dirigió al instituto, aún tenía tiempo para pensar cómo se lo diría a Iván. Se paró delante de una pastelería y entró a comprar una palmera de chocolate. Cuando llegó al instituto, todavía tuvo que esperar un poco hasta ver salir a Iván con sus dos amigos Nacho y Diego. Se despidió de ellos antes de llegar donde se encontraba Basti. Éste le saludó efusivamente, como si nada pasara.
-¿Qué tal, muchacho?¿Cómo te fue la tarde?-sonrió tímidamente.
-Bien, muy bien, estaba deseando salir ya, tengo ganas de ver a Rebeca.
-Toma, te he traído una palmera, espero que te guste.
-Sí, me encanta y más si es de chocolate, gracias, Basti.
-No es nada, muchacho, me alegra que te guste, ¿te apetece que demos un paseo?
-Basti, quiero ir al hospital a ver a Rebeca, ¿recuerdas?
-Sí, pero primero demos un paseo.
-No, no quiero pasear, quiero ver a Rebeca.
-¡Demos ese paseo!-insistió Basti.
-¡No voy a ninguna parte!¡Quiero ver a Rebeca!
-¡Qué testarudo eres! No podemos ir al hospital.
Iván notó cierto enfado en Basti y eso le hizo sospechar aún más que algo pasaba.
-¿Por qué no podemos ir?
-Porque Rebeca ya no está allí.
-¡Bien!¿ya la han mandado a casa?¿ya está mejor? pues vamos a verla a su casa.
-No, Iván, no está mejor, Rebeca ya no está con nosotros.
-¿No?¿Está…está…muerta?¿Rebeca ha muerto?¿es eso lo que me quieres decir?
-Sí, Iván, estaba muy mal, murió esta mañana.
-Pero si me dijiste que era muy fuerte.
-Y lo era, pero a veces las cosas no salen como uno quiere. Sólo quiero que sepas que ella te quería mucho.
-¡Eso no es verdad!¡Si me quisiera no se habría marchado!-dijo Iván con rabia.
-No digas eso, ¡maldita sea!, claro que te quería, no es culpa suya morirse, no vuelvas a decir eso, ¿me oyes?-le dijo Basti enojado.
Iván se dio cuenta de que su amigo lo estaba pasando verdaderamente mal y que le costaba mucho contener las lágrimas, era su hermano y era lógico que él estuviera sufriendo también por ella.
-¡Perdóname! No quería decir eso, pero, ¿por qué ella?¿por qué se ha ido?
Basti abrazó a Iván intentando consolarle mientras éste lloraba sin parar.
-Vamos a dar un paseo, sentémonos en el parque.
-No he podido despedirme de ella, no me ha dado tiempo de decirle que la quería, no me dio tiempo.
-Ella lo sabía, ¿dudas que sabía lo mucho que la querías?, ella me lo dijo.
-¿De verdad?¿Y qué más te dijo?-preguntó Iván con mucho interés.
-Dijo que eres un gran chico, que sacas muy buenas notas y que sabes escuchar a la gente.
-Pero eso no lo sabe nadie.
-Pero ella sí, si algo sabía Rebeca era observar a las personas que tenía delante y a ti te prestaba mucha atención, le preocupas, te cogió mucho cariño.
-¿De verdad?-preguntó el chico de nuevo.
-Pero bueno, ¿cuántas veces me vas a preguntar lo mismo?, claro que es de verdad, ¿por qué iba a mentirte?
Cuando llegaron al parque, pasaron el rato callados, sentados en el banco, mirando al suelo.
-Te acompaño a casa, debo ir al tanatorio, no puedo dejar que tu madre vaya antes que yo, no sería justo.
-Quiero ir contigo, déjame que me despida de ella.
-Pero Iván…-Basti le miró pensativo.
-Quiero ir, por favor, déjame ir, quiero verla por última vez.
Basti ante la súplica de Iván, no pudo negarse, el muchacho realmente necesitaba estar allí para despedirse de su amiga. Ambos fueron en busca de Marta y aunque a ella no le parecía bien que Iván fuera con ellos, tampoco se lo pudo negar, sabía lo que eso significaba para él. Cuando llegaron al tanatorio, el féretro al descubierto de Rebeca impactó a Iván, que provocó que éste llorara sin consuelo al ver a su amiga en aquel estado.
-Mamá, está muy pálida, ¿es normal que esté así?, tiene un color raro.
-Cariño, es normal, créeme, casi preferiría que te quedaras con su recuerdo de aquellas tardes del parque.
Marian se acercó a dar el pésame a Basti, su ex marido, con el que tenía una relación cordial y al que quería arropar en un momento así, ya que ella siempre se había llevado bien con Rebeca, a pesar de las diferencias que habían tenido en el pasado. Además habían sido compañeras de trabajo y eso las había unido mucho, aunque no acostumbraban a quedar mucho, sí que se respetaban y se tenían cariño. Allí se encontraban amigos y compañeros de trabajo de Rebeca, también habían ido Diego y Nacho porque Iván se lo contó en cuanto llegó a casa por teléfono, a escondidas de Marta. Sobre las nueve de la noche se fueron todos a casa, excepto Iván, Basti y Marta, que se quedaron ante el cristal que protegía el féretro. Los tres estaban agotados y la mujer encargada del velatorio les avisó de que Iván era menor y no podía permanecer allí más tiempo.
-Marta, ¿seguro que quieres quedarte?
-Sí, Basti, iros a casa, estaré bien, prefiero que te vayas con Iván.
-Bien, si necesitas algo, por favor, llámame.
-Lo haré, no te preocupes, tenéis comida en el frigorífico, no os acostéis sin cenar.
La noche fue tan pesada como silenciosa, ya que no se oía a nadie en todo el recinto salvo a la encargada que a media noche pasó a preguntarle a Marta si necesitaba algo. Se durmió un rato en un sillón plegable que habían sacado para la ocasión, pero era algo incómodo y con las emociones del día, Marta no pudo pegar ojo las horas siguientes. El entierro se celebró a las diez de la mañana, Iván no fue al instituto y su madre se lo permitió dada la importancia que tenía para su hijo aquel acontecimiento. Al finalizar el entierro, Iván cayó en el suelo al ver que no volvería a ver a Rebeca, ahora sí que lo tenía claro, ahora ya no había vuelta atrás. Marta se acercó para intentar consolarle, pero entendía que era mejor dejarle, ya se le pasaría, pero no era momento de calmarle, sino de dejarle con sus recuerdos.
-Iván, vámonos, se acabó, vámonos-dijo Basti con voz calmada y resquebrajada de dolor.
-Llora, llora tú también, sé que te duele, llora, era tu hermana, tú también puedes llorar.
-Iván, vámonos-Basti dio media vuelta al tiempo que sus mejillas se llenaban de lágrimas.
De repente sintió que alguien le cogía de la mano, se giró y vio a Iván secándose la cara con la manga de la camiseta.
-Vamos, jovencito, me tienes a mí y te va a costar librarte de este pesado.
Iván no pudo evitar sonreír, tenía un nuevo amigo y lo mejor era saber que era hermano de su mejor amiga, aquella a la que no olvidaría.
-Ven, muchacho, quiero contarte algo, vamos al parque.
Iván le miró sorprendido, el tono de voz de Basti había cambiado, ¿pero qué querría contarle?
-Verás, me gusta mi trabajo de barrendero, pero nunca te he contado que yo antes era camarero y me gustaba servir a la gente.
-No me lo habías contado?, pero, ¿eso qué significa? ,¿te vas a ir de aquí?
-¡No!, no me voy a ninguna parte, es más, me quedo en casa de Rebeca, pero he pensado que quiero llevar mi propio negocio.
-¿Negocio?¿de qué?-preguntó Iván atento.
-Una cafetería estaría bien, una que estuviera cerquita, que fuera limpia, acogedora y que tuviera bonitos recuerdos.
-¿De qué estás hablando?
-Rebeca me contó que cuando conoció a tu madre quedó con ella en la cafetería El Ángel y bueno, en estos días estuve hablando con el dueño, alquila el local y a mí me gustaría llevarlo, sólo me falta el nombre.
-¿El nombre?¿Qué nombre?
-El nombre de la cafetería, muchacho, quiero cambiarle el nombre para hacerlo propio.
-Cuando iba al parque y veía a Rebeca de espaldas dando de comer a las palomas, siempre pensaba que parecía un ángel sin alas. A veces le daba el sol y los reflejos formaban una especie de aureola alrededor de ella, parecía un auténtico ángel y ahora estoy seguro de que lo era.
-Sigue, muchacho, creo que me estás intentando decir algo.
-No te enteras, Basti, la cafetería se llama “El Ángel”, ¿y por qué no en lugar de borrar ese nombre lo terminas escribiendo “de Rebeca”?
-Vaya, ¡qué imaginación!, no se me había ocurrido, “El Ángel de Rebeca”, muchacho, con razón decía mi hermana que eras inteligente.
-¿Decía eso?-Iván se ruborizó.
-Claro, para Rebeca eras su niño.
Iván sonrió ante las palabras de Basti. Los dos se levantaron y fueron a contárselo a Marta. A ésta le encantó la idea y la pusieron en práctica enseguida, a los dos meses, la cafetería ya estaba llena de gente, que quería visitar el lugar favorito de Rebeca. La gente en la calle hablaba de cómo había cambiado la cafetería, Basti puso dos palomas de porcelana en la puerta en honor a su hermana. Marta inventó una crema de verduras con el nombre de Rebeca, que a la gente le gustaba mucho. Desde entonces la biblioteca se llenaba a diario de niños queriendo leer libros de todos los géneros y en especial de historia, aunque los había que se decantaban más por la poesía, pero todos igual de interesados por la lectura. Basti se hizo muy amigo de Marta, algo que gustó a Iván e hizo que empezaran a verse más, lo que propició que comenzaran a salir formalmente. Iván empezó a ser feliz, salía con sus amigos, veía a Basti a diario y nunca faltó una rosa blanca en la tumba de Rebeca, a la que visitaba cada tarde. El muchacho la llevaba frecuentemente un libro y le hablaba del contenido del mismo y miraba la foto que Basti había dejado allí para recordarla. Pasaba un largo rato sentado junto a ella y se iba contento sabiendo que volvería al día siguiente para contarle cosas nuevas.
FIN

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